La gota de sangre (III) – por JUAN CARLOS VIVÓ

Laureana pudo ver de nuevo por primera vez en muchos años la fachada de su hogar, tan blanca y limpia, solo deslucida con algún repinte mal echado y algún que otro desconchón. Llamaba la atención la portada de dintel y jambas de granito gris, con pilastras de orden compuesto, coronada por un frontón clásico vacío que daba apariencia de nobleza a la casa, sin ser tal, pero que enorgullecía a la familia y daba primor, prestancia, singularidad y cierto lucimiento a la vivienda y que había sido arrancado de la casa primigenia y transportado a lomos de burra en la Gran Migración con idea de ser montada en cuanto se alzasen los primeros muros del nuevo emplazamiento. Se detuvo ante la misma y vio la noble puerta de cuarterones bien prieta, sin resquicio para entrar, vencida también quizá por el peso de sus gruesas maderas, como las de la iglesia, por lo que Laureana de la Piedad decidió entrar por el patio, donde la entrada tenía holgura suficiente para atravesarla por debajo o entre las junturas de las dos hojas de la puerta rústica sin esfuerzo alguno.

Encaminose primero a saludar a sus amigos, los animales del establo, que al instante reconocieron la sangre familiar de los de la Piedad en Laureana. Con los cerdos se entretuvo poco pues su mirada estaba triste: el mes vencía y san Martín llegaba y a más de uno le tocaría pasar por las horcas caudinas del cuchillo matarife de Nazario. Laureana había visto tantos y tantos cochinos morir que evitaba su trato para no encariñarse con ellos. Saludó a Marcial el enorme buey que tanto trabajaba de sol a sol, unciendo el ubio, arrastrando el arado, moliendo terruños, tirando de carro pesadísimos, moviendo cascajos de un bancal a otro pero que tan afable y pacientemente soportaba todo. «“¿Adónde irá el buey que no are? Al matadero”, se repetía Marcial muy a menudo, muy orgulloso de su sapiencia, puesto que era leído y poseía una biblioteca nada despreciable, orgullo de la estirpe boyera y famosa en toda la comarca y sabía que Fernando de Rojas había usado este viejo refrán en La Celestina». Acudió después a alborotar y cabrear a las muy tontas gallinas, asustadizas y temerosas, que otra cosa no sabían que hacer nada más que ruido, ruido y ruido y ruido… Jamás Laureana había podido entender una palabra de su endemoniada barbulla, jamás: la enervaba sacándola de quicio. Eso sí, para gilipollas, les ganaba el gallo Luciano, que parecía un pavo que, de tan chulo como era, más que pavo o gallo habría que nombrarle gallito aunque solo fuera por joderlo. No los soportaba, eran superiores a ella: a las gallinas por su tontuna y a Luciano por su petulancia y soberbia. Siguió su visita por la mula Jimena con quien siempre había anécdotas de las que hablar como cuando acompañó a Nazario a la Guerra de Cuba y el muy cabronazo se la pasó tocándose la breva con los oficiales en retaguardia, «sirviéndoles cafeses», y casi no vio una bala. Nunca le perdonó aquello a Nazario, pues Jimena querría haber sido condecorada por haber sido reconocido su valor en combate, deteniendo ella sola a coces y relinchos regimientos y regimientos enemigos que, en su desesperación formarían monte con sus cadáveres apilados, oleada tras oleada de caídos; desfilar ante el rey y saludarle con marcialidad, aunque la hirieran en combate, perdiera una pata y la dejaran inválida, «que la gloria tiene su precio», pero nada, allí, de acémila se le pasó la guerra sin pena ni penurias pero también sin gloria, abasteciendo trincheras y corriendo un poco cuando la descubrían los nacionales y le tiraban para reírse de ella. En eso consistió su gloria militar. «¡Vamos, que con aquello me van a mentar en un cantar, como a Babieca! ¡En fin!».

Ya, por último, Laureana de la Piedad abordó la casa de donde ya nunca saldría. Según la Ciencia de la Sangre, una vez destilada del Roble de los Locos, una gota de sangre adquiriría fama y renombre cuando destacase en el cuidado de la casa de la familia a la que estaba vinculada por lazos de sangre, nunca mejor dicho. Lo malo es que Nazario era el último de una estirpe que probablemente se extinguiría con él y solo a él habría que proteger. Una pena lo consumía desde hace mucho tiempo. La muerte había vaciado la casa dejándolo solo. Solo la actividad cotidiana, el trabajo en el campo, los momentos pasados con los amigos en la taberna u otras salidas de diversa índole entretenían sus pensamientos. Laureana lo entendía, pues sus razones más que justificadas tenía para hacerse esa mala sangre. El pasado poblado de ausencias lo hacía aislarse y recogerse en sí mismo solo para incubar la maldad que había entenebrecido su corazón con la maldad de otros.

Con todo, se entretuvo Laureana en las diversas estancias que encontró. La cocina debía evitarla. Ya no era una simple lumbre con una olla colgando de una cadena o unas trébedes sosteniendo una sartén, no, sino que Nazario había invertido unos ahorrillos y usaba  una cocina de leña con sus preciosos cuatro fuegos y un amplio horno y que mandó a la jubilación al de ladrillo de toda la vida en el que la familia cocía el pan, pero que Nazario jamás encendía «por ser demasiado para una persona sola». Pese a su lustre de nueva, había que evitarla sí, como la chimenea o los braseros de mesa camilla, pues los fuegos acabarían con Laureana. El sol y el calor son los peores enemigos de cualquier gota de sangre, como bien se sabe. Un lugar más amable eran los sótanos. En realidad eran una cueva natural dividida en varias estancias que conservaba una temperatura fresca estable todo el año. Los padres de Nazario descubrieron las innumerables ventajas de tal tesoro: conservación de alimentos y alguna que otra siesta en pleno rigor del verano, para lo cual se había colocado un catre del que Nazario todavía disponía con fruición de tan desordenado y caliente como descubría en sábanas y cojines. Nada más aposentarse en sus nuevas tierras, limpiaron la maleza que cubría la entrada, labraron en la piedra una tosca pero útil escalera y adoquinaron el suelo. Sirvió como primer refugio hasta que se empezaron a cavar los cimientos y alzar las primeras paredes. Era también un frigorífico natural de tal modo que las orzas de chorizos conservados en su grasa, lomos y costillas se ubicaban allí indefectiblemente. Las tinajas de aceite y agua y tres altos toneles de vino presidían sobre bastidores, la covacha más amplia.

 

Juan Carlos Vivó

Juan Carlos Vivó Ha publicado 25 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *