La gota de sangre (II) – por JUAN CARLOS VIVÓ

Pasada una década de la gozosa muerte de Melquiades de la Piedad, una gota de sangre cayó al suelo destilada de una de las hojas del Roble de los Locos como cae una gota de rocío al amanecer. La caída, sin embargo, la deshizo en un sinfín de gotitas. Con mucho esfuerzo se fueron uniendo una tras otra hasta recomponer la figura original: una perfecta esfera, prieta, oronda y brillante, espejo de la luz de la luna y de las estrellas. Era de noche, ya algo avanzada la madrugada. La gota de sangre miró a su alrededor y, enseguida, reconoció el Roble de los Locos y el huerto familiar; pudo intuir también la presencia de Melquiades y de algún otro difunto charlando con él. Eran dos voces femeninas desconocidas para ella. Decidió quedarse a escondidas, junto a la fuente, en un hoyuelo, para evitar que el calor de la inminente mañana la evaporase pues ya pintaba el amanecer ya se apreciaban los primeros y muy tímidos claros del alba y el día sería caluroso, con seguridad. Tenía que vivir así, nocturna, y durmiendo de día, a refugio del sol. El mayor peligro para la vida de una gota de sangre era la evaporación causada por cualquier fuente de calor, como una lumbre, un brasero, una estufa o un fogón, y el sol, porque era inevitable, era la más temida. Desde su fresco resguardo, a la sombra, gozó de la contemplación de las lechugas que ya estaban para coger, de los pepinos que aún debían crecer algo más pero que pintaban bien sabrosos, repletos ya de los jugos de la feraz tierra de labranza, de las calabazas que apenas aún parecían insignificantes pomos… Así pasaron unos instantes hasta que los vapores del sueño se hicieron con ella y la rindieron al atardecer.

Al día siguiente, pasado el día y llegada la noche, al amparo del frescor, la gota de sangre subió a la Peña Prieta desde donde ya pudo adivinar no muy lejos el alumbrado del pueblo y toda la campiña que lo rodeaba, así como el río, estela de plata, y el Puente de los Ciegos que dividía la comarca en dos como una herida parte en dos la carne. Al atravesarlo se cruzó con Blas que seguro que se dirigía a cometer alguna de sus felonías al amparo de la noche, que siempre andaba con urdimbres y tramas pendencieras y con el vecino de Nazario, Andrés de los Santos, que pasaría la noche en el carro para llegar temprano a establecer su puesto de verduras en el mercado de la ciudad.

Al poco se hallaba ya transitando por las encogidas calles del pueblo. Todo el mundo dormía y sólo se oían los grillos con su inevitable, metálico y algo molesto criquear y el aleteo de alguna rapaz nocturna. Se dirigió al pilón, para refrescarse de la caminata. Le gustaba el agua. Auspicio de los Cipreses se acercó a abrevar a su mula Marciana a quien saludó afectuosamente, siendo enseguida correspondida. La verdad es que estaba muy bien educada y era buena como ella sola. «“Ha salido a Auspicio, sin duda. Los animales adquieren su forma de ser de sus amos como aquí. ¡Qué lista es Marciana! ¡Qué buena es Marciana! ¡Mírala! ¡Qué porte! ¡Qué donaire! ¡Para comérsela!”,  pensó en voz alta la gota de sangre, recreándose en lo dicho». La mula Marciana, le dio las gracias y le correspondió alabando su gentileza y bonhomía, tras repetir varias sentidas reverencias. Con presta afabilidad le advirtió que se arrinconara rápidamente pues iba a llenar su panza de agua, que el día se prometía duro, el trabajo fuerte y el calor apretaría, y en los empinados riscos de terraza de olivera no podría beber nada, pues nada había, no sea que se la bebiera y la absorbiera y la condenara a vivir para siempre dentro de ella, convertida en sangre de mula, consejo que aceptó sin más por la cuenta que le traía.

La gota de sangre, tras despedirse de la mula Marciana, inmediatamente, se dio cuenta de que necesitaba un nombre. Ya no era una parte del cuerpo de Melquiades de la Piedad, donde una gota de sangre no tiene identidad propia, por su puesto, aunque le hubiera dado tanta vida durante años recorriendo veloz sus vasos sanguíneos, llevando aire y alimento a la más escondida célula que los necesitase, pues Melquiades ya era un ser espiritual que podía subsistir sin sangre y sin ningún otro líquido corporal. Por otro lado, la Ciencia ha establecido que una gota de sangre destilada del Roble de los Locos es ya un ser vivo subsistente per se, en materia y forma, independiente de su origen, aunque aquélla, lo recuerde siempre y se vincule indefectiblemente al mismo. «“¡Un individuo sin nombre no es un individuo! ¡Si hasta a Adán le dijo Dios que pusiera nombre a los animales: ‘El hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo’!”, pensaba la gota de sangre». Para ello se dirigió a la iglesia. Atravesó la puerta principal estirándose lo que pudo, que las hojas estaban bien fijadas al suelo, desplomadas por su peso, y no dejaban resquicio ni para que pasase una mota de polvo. Enseguida fue a la capilla del Santísimo donde presentó los debidos respetos. Acudió inmediatamente ante el Cristo al que tanta devoción le tenía y permaneció en recogida oración horas y horas. Al poco empezó a oír trajinar al sacristán. Abrió las puertas y las primeras beatas, muy madrugadoras ellas, ocuparon los primeros bancos para las laudes y el rosario. Al poco llegó de don Mamerto el párroco, se revistió y dijo misa. Al irse todos quedose el sacerdote en su despacho, anexo a la sacristía. La gota de sangre llamó a la puerta, pidió permiso para hablar con él para exponerle su situación, hablarle de Melquiades y comentarle cómo se encontraba en su nueva vida espiritual y arbórea. Tras estos prolegómenos propios de la cortesía, la gota de sangre entró en harina solicitándole el Bautismo a lo cual el sacerdote no accedió explicándole que los sacramentos están reservados a los hombres. La gota de sangre lo entendió pero le expuso la necesidad de tener nombre, pues sin ese requisito no sería alguien, sino algo, tal y como se estudiaba en los libros sobre la Ciencia de la Sangre, de la que don Mamerto era entendido, como todos los eclesiásticos. Tras insistirle, don Mamerto extrajo de un cajón secreto un viejo libro, apenas sostenido en su unidad por cuatro hilos, De Scientia sanguinis, manual clásico de autor desconocido escrito en el latín tardío y corrompido por los balbuceos de las lenguas romances del siglo VIII del que en la parroquia se conservaba una edición impresa en el siglo XVI por un librero de Alcalá que tiró muy pocas copias, haciendo del ejemplar que se conservaba en la parroquia del Pueblo Nuevo un tesoro muy codiciado y que el hombre examinó un buen rato con atención reverente. Con esa consulta al capítulo titulado De adquisitione nominorum explicó a la gota de sangre el procedimiento establecido para tal fin, pues solo con la submersio  en agua bendita y las correspondientes oraciones que la gota de sangre se apresuró en memorizar era más que suficiente para una gota de sangre, no necesitándose sacramento.

La gota de sangre le dio al párroco las gracias por sus exhortaciones tan esclarecedores y por su diligencia y se encaminó hacia las cancelas buscando el agua bendita. Bautizarse no era necesario, pero Dios sí le impondría un nombre, siguiendo esmeradamente las instrucciones del párroco. Cuando consiguió escalar la columna que donde se apoyaba  la pila de mármol saltó dentro del agua nadando y nadando, salpicando, jugando, brincando fuera y retozando dentro, correteando, enredando, pues el agua era un placer que nunca se negaba a disfrutar… Al poco, cansada ya, se recogió en sí misma, pensó en el nombre e impetró a Dios, suplicándole se le impusiera el nombre de Laureana de la Piedad, a lo cual Él accedió inmediatamente. El nombre no fue escogido al azar sino que era una evocación de la familia de la Piedad. Lo eligió en honor a aquel olor de los guisos de la madre de Nazario que siempre, inevitablemente, aderezaba con laurel y que tantos recuerdos le evocaban. En la mesa familiar siempre había algún guiso de legumbres que, indefectiblemente, contenía unas hojas de los laureles que, de tan altos, daban sombra al patio de la casa: lentejas con laurel, alubias con laurel, garbanzos con laurel, asados al polvo de laurel, arroces al laurel… Y para continuar con la tradición de la familia, añadió a su nombre el complemento de la Piedad, que realmente no se acababa de distinguir si fuera la segunda parte de un nombre compuesto o un apellido. A pesar de toda esta confusión, la familia era conocida como «los de la Piedad». Una vez cumplido el trámite, Laureana de la Piedad ya no se disiparía en la indefinición del común de gotas de sangre que andan por el mundo anónimas al ignorar qué operaciones hay que seguir para tener nombre, algo que ocurre a las que no han tenido una educación religiosa o a las que no pertenecen a la fe católica. Ser nombrada era diferenciarse, distinguirse, ser única ante Dios, los hombres y, por supuesto,  ante las demás gotas de sangre.  Y allí estaba ella, como nueva, Laureana de la Piedad.

Pero ya no había que perder más tiempo, ya tocaba lo más importante: ir a casa, que apremiaba. Sabía que ya no saldría de allí, pero lo aceptaba con emocionada satisfacción pues era el destino, la misión y la razón de ser de cualquier gota de sangre.

 

Juan Carlos Vivó

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