La gota de sangre (I) – por JUAN CARLOS VIVÓ

(Para Alicia)

 

Una mirada de Nazario a la única fotografía que conservaba de su familia al completo y que presidía la habitación principal de la casa se fijó en Melquiades de la Piedad, su padre. En seguida le recordó su feliz muerte.

En los tiempos de la Gran Migración, cuando la fundación del Pueblo Nuevo, los antepasados más cercanos de Nazario bajaron de las húmedas tierras del norte donde llovió ininterrumpidamente durante una década y cuatro años y seis meses a tierras más secas donde la vida quizá fuera menos fatal. Cada familia guardaba como un precioso tesoro y transportaba en su periplo un saquito de bellotas del Roble de los Locos que era el orgullo de cada familia de la comunidad en las primigenias tierras anegadas de donde partieron. En cuanto repartieron las tierras del emplazamiento del Pueblo Nuevo, casi lo primero que inventaron fue hacerlas germinar y plantarlas hasta que una de ellas tuviera la suerte de agarrarse al terreno con la suficiente fuerza para crecer robustamente. Con un conjuro y el derramamiento de unos líquidos, el curandero conseguía que el crecimiento del roble se acelerase, de modo que, en unos meses, el árbol adquiría el tamaño y el aspecto de un sólido y firme árbol de más de cien años.

Para aquellas gentes, era un honor morir loco. No había deseo más grande en la comunidad que morir así. Si eso no ocurriera, transcurriría el final de la vida triste y desconsoladamente, por muy venturosa que hubiera sido. No había mayor desventura ni mayor temor que acabar la vida en perfecto uso de razón. El sufrimiento se incrementaba al ver pasar los años sin adquirir el estado de beatitud  y bienestar que solo puede proporcionar la locura.

Cuando Melquiades de la Piedad empezó a dar síntomas de locura, superadas las pruebas pertinentes rigurosa y legalmente establecidas para evitar cualquier tipo de fingimiento u otro ardid o treta –tentación muy común, por lo demás-, Nazario se aprestó gozoso a atar fuertemente a su padre al tronco del nuevo Roble de los Locos con gruesas maromas. Melquiades de la Piedad se dirigía con paso lento y solemne pero venturoso a sentarse bajo la sombra del Roble de los Locos que conocía en todos sus detalles pues estuvo encargado de su cuidado desde que lo plantaron, labor a la que dedicaba un denodado esfuerzo diario, puesto que era, según sus palabras, «uno de los más altos deberes que jamás encomendarse pudiese a un cabeza de familia». Lo acompañaba un séquito de hombres que tocaban alegres, panderos, tambores y flautas. Se engalanaban con túnicas blancas y se ceñían la cabeza con guirnaldas de azahar y orquídeas; las mujeres desgranaban, ataviadas de la misma guisa, muy armónicos cantos al tiempo que tendían una alfombra de pétalos de rosas a su paso, por un sendero cubierto de hierbas aromáticas recién cortadas que salía desde la casa de Melquiades hasta el huerto. Les seguía un séquito de mariposas.

Una vez sujeto al tronco del roble, sus cercanos se encargaban del cuidado del loco. Lo cubrían con toldos de lona para evitarle la lluvia, el sol y las demás inclemencias del tiempo; usaban mosquiteras para que no se lo comieran a mordeduras y picotazos todo tipo de insectos volátiles, tan abundantes en aquel lugar;  lo alimentaban con sus platos  y bebidas favoritos, a capricho; lo aseaban con mimo y cuidado; alejaban de él cualquier alimaña que pretendiera comérselo o lastimarlo de cualquier modo con turnos de guardia de ocho horas; amenizaban el paso del tiempo a Melquiades con su conversación o tañendo instrumentos musicales y entonando melódicos cantos; también lo acompañaban todos los domingos con un alegre almuerzo campero que congregaba en su derredor a todos al salir de misa aprovechando la fresca sombra del roble. Con ello, la alegre espera de la muerte se hacía mucho más agradable y placentera y deseada, si cabe.

El árbol, muy despacito, iba acercándose al loco haciéndose con él. Lo abrazaba con su corteza, exudaba sus jugos y resinas que se pegaban a la espalda y la nuca, que abrían la piel e infiltraban sus fibras en la carne. La savia se iba traspasando a la sangre y la sangre al árbol, ejerciendo de adormecedora anestesia y de bálsamo de los dolores del hombre que eran así apenas sufridos; las raíces rodeaban las piernas y pies, donde no llegaba el tronco por la postura sedente de Melquiades, enterrándolas poco a poco; las lombrices y gusanos ayudaban al pudrimiento y consumición de la carne. Paulatinamente, el cuerpo del loco iba siendo absorbido por el roble que aumentaba su tamaño en casi tres palmos a lo ancho, hasta que lo último que se podía observar afuera fuera la punta de su nariz que, en seguida se ocultaría de la vista. Al terminar el proceso, en su nueva habitación, Melquiades pudo disfrutar de la compañía de su prima Eufemia de los Pesares que pereció joven, pues en su adolescencia, abandonó el hogar para encontrar un amor que la despechó en unas ignotas tierras más allá del Mar Profundo. Su amor la sedujo con lo único que podía, con su buen decir, pues la debilidad de aquella mujer era una elocuencia superior de la que ella legítimamente alardeaba y que la hicieron vencer en todo certamen de oratoria en el que participara. Fue su amado el único que la humilló y con ello la hizo suya, pero el muy malaje la desdeñó inmediatamente al desvirgarla. La encontraron vagando por una laguna perdida, sin consuelo y sin amor, casi cadavérica, desnuda, cosida de picaduras de insecto, mordida y comida por reptiles, vedijosa, negra y verde, envenenada de odio y de amor y con un desconsuelo que sólo su muerte pudo aliviar un poco. También, aunque le costó algo reconocerla pues sus recuerdos de ella eran anteriores a la Gran Migración, reconoció tras unos instantes de duda a su tía Zelda de Piedad, madre de Eufemia y tía suya, quien, una noche, mientras dormía, fue quemada por un rayo lunar. La luna tiene el poder de atacar a quien, por la noche, no cierra debidamente su paso con algún cortinaje bien tupido que cubra las ventanas. La luna pasa la noche mirando y remirando,  atisbando cualquier luz delatora de un descuido, entretenida como en un juego, hasta que encuentra una víctima negligente. Concentra en ese momento su energía de luz y ataca a quien descansa sin precaución alguna. Esa noche, Zelda, que había bebido un vino sin tener costumbre, cayó dormida en su lecho entre vapores de alcohol y la luna aprovechó bien la oportunidad que se le brindaba. Del dolor que le suscitó,  Zelda gritó y gritó cinco días con sus noches y sólo el curandero pudo sanarle el cuerpo con sus ungüentos y oraciones, pero no el alma, llena de oscuridad desde entonces, y que la obligó a permanecer oculta por vergüenza de los hombres y miedo de la luna y a permanecer recluida  en la habitación clausurada por orden de la familia donde la luna le había podrido la vida. Solo la muerte la alivió en su desesperación y le otorgó el don de permanecer en el Roble de los Locos.

 

Juan Carlos Vivó

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