La Escarpia Solitaria

Uno escribe, casi siempre, a salto de mata. Conforme las pocas luces con que el Señor nos ha agraciado se van iluminando. Es extraño como la cosa va y viene —la fuerza escritora, como si dijésemos—, algunas veces, todo lo que uno piensa lo encuentra susceptible de ser transportado a un folio, incluso hasta se puede vislumbrar donde va a ir colocado cada punto. Otras —la mayoría—, que si quieres arroz… y la cosa no avanza. Se puede uno tirar varias semanas sin poder hacer ni la o con un canuto.

El arranque no se sabe por donde va a llegar, si por el lado añorante, o por lo moderno —que dijese un flamenco—.

El otro día, Marcelino Palacios inauguró una exposición de dibujos en la Posada de los Portales. La mayoría son imágenes de Tomelloso registradas con lapicero y pertenecientes a un pasado relativamente reciente, pero que no volverá. El negro del lápiz describe perfectamente aquella época. Un tiempo de desconchones y calles de tierra; de Dyanes y gafas negras; de portadas desvencijadas y caldos de gallina. Ese espacio de tiempo en el que confluyeron nuestro pasado atroz con el futuro más esperanzador.

En uno de los cuadros se ve la fachada del bar La Gamba, precisamente con ese modelo de Citroën anteriormente mentado y que tuvo tanto predicamento en Tomelloso en la puerta, un hastial de los Portales, las portadas de la posada y, casi en el centro, las “carteleras” del cine.

Uno que ya tiene medio siglo bajo una linde y más memoria que Cilindro, recuerda como Pablo, con un carrillo, transportaba unos bastidores de madera, de más de dos metros, en los estratégicamente se colocaban los afiches de la película a proyectar y fotogramas de la misma. Eran unas cartulinas gruesas y brillantísimas con agujeros en los vértices, con ojetes metálicos, para engancharlas con tachuelas.

Cada vez que uno ve Cinema Paradiso recuerda a un amigo que anduvo toda su infancia y mocedad de operador en esos cines de las carteleras, pero sin música de Morricone. Dicho sin ánimo de ofender, claro.

Aquellos reclamos los recogía el hermano Pablo una vez que empezaba la última sesión, no fuera a ser que se perdieran.

Rodeado de jóvenes, un servidor intentó explicarles las consignas que los mozos de entonces —bueno, de mucho antes, digamos que nuestros padres— usaban para con las carteleras. Entonces el cinematógrafo era prácticamente el único entretenimiento y las gentes acudían a las salas casi a diario. Era común preguntarle a alguna amistad que viniese de la plaza por el programa.

—¿Qué ponen de cine?

Ante esa cuestión había tres posibles respuestas, la primera y más sencilla por otra parte, era que el inquirido nombrará el título de la cinta y una breve sinopsis.

—Ponen, “Currito de la Cruz”. Romerita ese es más malo que el rejalgar y Currito un inclusero. Al final se casa con ella, Currito.

La dificultad estribaba ante las otras dos respuestas, principalmente si el receptor no estaba en el arcano.

—Ponen, “Isidoro no me esperes”. (Isidoro nomasperes)

Esa contestación hacía colegir que al veedor de las carteleras el film que proyectaban esa noche le parecía una patata y por medio de la sorna manchega le transmitía a don Isidoro, el dueño de los cines, y al preguntante, que aquella noche se buscaba otro entretenimiento.

Y para acabar, la mejor respuesta a juicio de este juntaletras, con regusto de Far West.

—Ponen, “La escarpia solitaria”.

Esa noche no había cine.

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Francisco Navarro

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