La culpa es bipolar – por ELENA SILVELA #misescritos

La desagradable sensación de sentirse culpable. Quién no lo habrá experimentado en algún momento. Tanto por haber hecho algo que no debiera o por omitir una acción necesaria. Los sentimientos de culpa tienen un amplio espectro y se mueven dentro de las fronteras de perfección de la persona.

Para analizar la culpa hay que saber el dato fundamental: la culpa es bipolar, tiene dos caretas. Una es la culpa en sí, una parte de la realidad de la persona que está viviendo la emoción. Podemos denominarla como la emoción “neutra” de la culpa. El dato objetivo de que la culpa está teniendo lugar. Tras toparse con ella, el sujeto rectifica su quehacer y se encamina en el sendero por el que se siente seguro paseando, el que le parece más apropiado a su mente y le hace sentir mejor. La otra es la emoción negativa de sentirse culpable, esa parte “disfuncional” de la culpa, la que tortura a la persona hasta límites inhumanos.

Norberto Levy, psicoterapeuta argentino, pone un ejemplo práctico muy revelador.

«Me siento culpable por lo que hice y siento que no merezco ser feliz.» Este estado de ánimo implica inevitablemente que existe una voz interior culpadora que está diciendo: «Eres culpable por lo que has hecho y, por tanto, no mereces ser feliz.» Por lo tanto, «el culpado» y «el culpador» constituyen las dos caras de una misma moneda, conforman una unidad indisoluble dentro de la que el «sentirse culpable» es sólo una mitad.

Queda claro que toda persona tiene un conjunto de normas en base a las que actúa. Puede variar de una cultura a otra, pero todo hombre o mujer se rige por una serie de normas. Éticas o religiosas. Éticas y religiosas. La persona misma es la señorita celadora del conjunto de normas, la que analiza y dirige las acciones de conducta de su propio yo, la que determina cuándo se ha desviado de lo pautado y cómo lo ha hecho. Cuando transgredimos esas normas, surge en nosotros una señal de advertencia. Es una señal necesaria para la convivencia en sociedad, cierto. Ahora bien, puede ser una señal de magnitud manejable o desmesurada. Las señales de magnitud manejable poseen la cualidad de hacer que el sujeto culpado retorne a su equilibrio de vida diaria, aprenda del error y reconduzca su culpa en algo llamado experiencia, vivencias. La señal desmesurada es la parte disfuncional, la que se sale de todo parámetro normo-funcional e impide que el sujeto viva su vida diaria de la manera que venía haciendo hasta que acaece el hecho culpable. Unido a esta parte disfuncional de la culpa, está el castigo y la descalificación. El castigo es fácil y automático, pues uno mismo se lo impone. Suele ser muchísimo más severo que el que se impondría de una persona a otra, pues quien se juzga a sí mismo suele hacerlo sin misericordia. La descalificación es aún más sangrante: nuestro yo ha de ser perfecto, de ahí se pasa a la mediocridad, a la horrorosa imperfección de uno mismo. Esa es la descalificación, la madre de las culpas. Mordaz, Hiriente. Rápida y fulminante.

Es cuando el culpador que llevamos dentro deja de castigar y descalificar al que ha cometido la culpa (él mismo) el momento en que el proceso deja de ser absolutamente dañino para tomar un color más reparador. Para ello, es necesario introducir en la vida un elemento precioso llamado flexibilidad. Y otro denominado “mis imperfecciones”, las que me hacen más atractivo, las que porto conmigo y son normales y habituales. Tan comunes que la persona de enfrente las posee, vive con ellas, al igual que hago yo.

Qué infeliz es aquel que no puede perdonarse a sí mismo. – Publilius Syrus

 

“Madre” – Óleo de Joaquín Sorolla

Elena Silvela

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