La churrera de Adelina (y IV) – por DANIEL CARAVELLA

El “Beile”

De vuelta, ya en el baile, un codazo de advertencia por parte de su amigo Luis. “Ojo con quién te lías. Recuerda que estos son muy burros, por descontado, alma cándida, recuerda que no existen los gamusinos, y no te ofrezcas voluntario para nada que te propongan” Aquello sólo se lo podía permitir a Luis, pues era cierto. La última vez que estuvieron, tuvo que ir a recogerlo a cuarenta kilómetros pues se les había ocurrido prepararse a las cinco de la mañana una tortilla con setas especiales, “las Madrugadus nacientis”, que sólo se pueden coger antes del alba, y como no, el voluntario fue pasto de la broma de los lugareños al ser abandonado tras una magnífica representación de la técnica de corte del pie de la efímera seta, en medio de la nada.

“Tranquilo, ya me he dado cuenta que están urdiendo algo como el año pasado, pero esta vez intentaré no ser tan incauto” dijo en voz alta, más para auto convencerse de no volver a ser el “pringao” de turno, que para tranquilizar a su amigo.

El conjunto local estaba formado por los habituales, y su repertorio se movía entre pasodobles y las consabidas  canciones populares del verano, con modificaciones de letra haciendo referencia a alguien del pueblo o forastero a quien la fortuna le había regalado con alguna trastada de los lugareños. Así fue como descubrió que  “Eva María se fue buscando el sol en la playa”, se había transformado en “Hay quién se fue, hay quién se fue, hay quién se fue por la seta, y hoy vuelve a caer”, teniendo que saludar al respetable desde el centro de la plaza entre vítores de los asistentes. Fue muy consciente que auto convencerse no era suficiente. Lo mejor era intentar huir y encerrarse en casa hasta la mañana siguiente, desayunar y escapar a Madrid lo antes posible. Fue en vano. Las mozas, y las no tanto, lo rodearon y se lo fueron turnando de una a otra, entre pasodobles, charangas, y por supuesto cubatas. Por suerte, gracias al ejercicio prolongado, no llegó a nublar sus sentidos a los extremos del año anterior, y a pesar de todo se encontraba en bastante buen estado.

Próximos al alba, tuvo la feliz ocurrencia de decir en el grupo donde se encontraba, -¿No tenéis hambre? Me comería un bocata de Jamón.- Justo después de abrir la boca, le recorrió un escalofrío por el cuerpo. Se dijo para sí, me da que acabas de ponerles en bandeja la gansada del año. Sin embargo, no pasó nada al respecto, un “tienes razón, a ver si queda algo en el quiosco, que a mí también me aprieta” y unos bocatas de chorizo como alternativa, fueron el resultado.

Hacía rato que había dejado de ver a Luis, y al preguntar por él, le dijeron – “Se acababa de ir con Rufo a por la Churrera de Adelina, pues han decidido preparar el desayuno antes de irse a dormir. Iban a pasar por casa de Rufo antes, así que le puedes alcanzar”. Se encaminó a casa de Rufo, y efectivamente, saliendo por la puerta, los encontró.

– Al final, hoy se comen churros. Ya me podías haber avisado, que me acabo de apretar un bocata de chorizo.

– No te preocupes, de aquí a que estén hechos, te vuelve a dar hambre.

La churrera de Adelina era una antigualla pero, como había sido  La Churrera del pueblo de toda la vida y como ha su muerte nadie se hizo con su puesto, entre todos decidieron guardar y mantener la tradición de los churros con la máquina de Adelina, y así honrar su memoria. El artefacto en cuestión, estaba formada por tres piezas, que se encontraban en tres sendas cajas de madera, a modo de estuches, como si se trataran de las antiguas piezas de artillería. Rufo las sacó de debajo del mostrador. Al depositarlas sobre el mismo y mirando a Luis, le dijo – “Ya se te podía haber ocurrido comer otra cosa majete, con lo que pesan las jodías. Menos mal que al final este se ha apuntado a venir. Para colmo, tenemos que llevar la harina. Anda Luis acompáñame a por los sacos”

La curiosidad mató al gato, sin embargo, en esta ocasión, bendita sea la curiosidad. Se aproximó a las cajas y las templó una a una par ver lo que pesaban. “Uf, vaya con las cajas, menos mal que he comido algo antes de venir”. Tras un breve instante, aparecieron Luis y Rufo con tres sacos de Harina, de 15 kg cada uno.  “Bueno, cómo nos lo repartimos”, dijo Rufo. Él se adelanto a la respuesta de sus compañeros.

– Os veo muy organizados cargando los sacos, así que yo agarro dos cajas de estas, una en cada mano para ir compensado, y la que queda para el que sólo lleve un saco de harina, por ejemplo, ¿Luis?

– Mira que esas cajas pesan más que los sacos de harina.

– No os preocupéis. La harina mancha, y vosotros ya os habéis tuneado la indumentaria. No se hable más.

Y agarrando sus dos cajas, enfiló la puerta para recorrer los quinientos metros que los separaban de la plaza donde, a modo de Patio de butacas de un Gran Teatro,  estaban todos los que habían ido al “beile” esperando a que llegaran los tres voluntarios de la Churrera. Fue el primero en llegar, depositando con sumo cuidado las cajas ante el aforo. Poco tardaron en llegar sus perseguidores con toda la harina y la caja restante que había dejado sobre el mostrador.

La plaza llena explotó de júbilo, al tiempo que cantaban “os ha pillado, os ha pillado, el novato os ha pillado”. La cara de ambos era un poema. La churrera de Adelina, eran los gamusinos del día. Por fortuna la providencia se había aliado con él y en esta ocasión, la brillante idea de comprobar el peso de las cajas, hizo que viera por donde le iban a salir este año.  Las cajas eran livianas, eso sí con una decoración rustica y de aspecto tosco que simulaban a la perfección lo que se pretendía.

Se había librado de ser la comidilla del pueblo durante el año, y del estribillo del “beile” Por descontado hubo churros, pero en el Bar de Manolo, donde se estaba mucho más agradable que la gélida plaza del pueblo.

Al día siguiente, bueno,  después de comer, fueron despedidos por algunos de los presentes en la noche anterior, y antes de su marcha, fue obsequiado con una de las cajas reliquias de la Adelina. De vuelta en el coche, se masticaba cierto humor a perros. Pocas palabras masculló Luis, pero las inteligibles fueron “ya te puedes olvidar de tener en exposición esa caja, y  mucho menos contar la historia”

– Tranquilo, por Madrid no entenderían estas cosas tan rurales. Yo no me preocuparía por eso, prepárate para el baile la próxima vez que aparezcas en el pueblo, que tú y el Rufo vais a ir bien despachados. Además, no sé de qué te quejas, si fuiste tú quien me dijo que no me fiara de nadie en el pueblo, tu pueblo.

Hace tiempo que ya no es ojeador, pero conoce por referencias, que aunque siguen cazando, ya no se organizan aquellas batidas tan ecológicas. Ya no hay “beile” en la plaza, y el conjunto ya no es tal. Sólo se cuentan las correrías en el bar, y alguno que otro se remonta a las hazañas de setas y la churrera de Adelina, como si de historias de abuelos se trataran.

 

Daniel Caravella

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