La churrera de Adelina (III) – por DANIEL CARAVELLA

La batida.

Una vez que ojeadores y cazadores estaban en posición, un tiro y una cencerrada inicial, daban comienzo al espectáculo.

Visto desde fuera, daría la impresión que aquello era la representación de una batalla entre un ejército bien pertrechado y otro de pobres infelices, que sin otro elemento de defensa más que un palo y un cencerro intentaban resolver sus diferencias, cobrar un territorio, o defender a las mujeres del pueblo de ser secuestradas, emulando la historia del rapto de las Sabinas, con la excepción de que estas estaban en el Soto a brazo partido, departiendo el almuerzo antes de la  llegada de los mozos.

Avanzaban las huestes cada uno por su parte haciendo lo que les correspondía, y brincaban los animalillos felices y contentos al ver tanta expresión de júbilo en el coto. Una vez más, el maligno animal no hizo acto de presencia, pero ni su espectro, así que la batida quedó con una espina clavada, y se emplazaron para la semana siguiente a ver si conseguían dar con el maligno.

Una vez despojado del cencerro, se aproximó al fuego para intentar quitarse la humedad, y al paso enganchó una bota, un trozo de pan y un chorizo que acababa de salir de la parrilla, pues el antídoto matutino hacía ya rato que había dejado de surgir efecto, y necesitaba una nueva dosis cuanto antes. El resto del almuerzo fue a mejor, y entre bocado y bocado, iban recordando los absurdos de la noche anterior, como por ejemplo, la tortilla de cinco huevos y el mismo número de chorizos que se había apretado el “Rufo” en treinta segundos, y las tres botas de vino completas que se tuvo que tragar Paco seguidas y sin parar, tras perder la apuesta con el Rufo. Una vigilia muy meritoria y cultural, que terminó con el Corro de las Tronca. Simpático entretenimiento local que consistía en formar un círculo en el que los participantes se pasaban la tronca de un árbol, como quien se pasa un balón de playa tipo Nivea. El participante al que se le resbalaba la singular pelota pagaba prenda, esto es, un minuto tirando de la bota. Como era normal, él, poseía manos de señorita, por lo que no hubo vuelta en la que no le tocara “tirar de bota”, y de ahí su magnífico estado físico esa mañana.

Ya a los postres, un carajillo bien cargado y una Farias. De entre los asistentes se pidieron churros. Como era normal, las señoras les invitaron a que se fuera tras alguna encina a evacuar y que se dejaran de memeces. Sin embargo insistieron. La respuesta zanjó la historia. La churrera de la Adelina, estaba en el pueblo de al lado, y no era cuestión de ir a buscarla, salvo que se menearan ellos e hiciera la masa.

La jornada de caza finalizaba después de una siesta y con el reparto de los simpáticos animalillos, que habían dado su vida en acto de servicio. Aunque no pertenecía al grupo de pirotécnicos, siempre se llevaba a casa algunos plumíferos y roedores saltarines perfectamente preparados, para dar cuenta de ellos en su momento entre unos gazpachos manchegos, un arroz, o unas pochas.

Como era habitual, había que reunirse en el bar de Manolo para dar un breve repaso a la magnífica jornada, para rellenar los huecos que habían quedado en el estómago, y  castigar un poquito más al hígado. Las historias sobre el número de piezas cobradas, pasaban del doble, al triple, llegando a quintuplicarse a la tercera hora de estancia en el bar. Por suerte, al ser sábado, la reunión se deshizo para ir a la plaza y ver cómo se desarrollaba el “beile” y así continuar con la juerga. Aprovechó el momento y se acercó a la casa. Darse una ducha en ese momento era imprescindible, uno por el jumillo de la cacería y lo segundo, para despejarse, pues de seguir así el coma podía llegar a ser mayúsculo.

 

Daniel Caravella

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