La churrera de Adelina (I) – por DANIEL CARAVELLA

Quedaban en su cuerpo restos de la juerga nocturna, bastantes dicho sea de paso. Salió al patio de la casa para respirar el frío e intenso aire de la madrugada, y aunque se estaba tomando un café, el primero después de acostarse un rato  tras haber pasado la nocturna honrando a Baco,  un regurgitar de taninos, le descompuso tanto el cuerpo que lo más lejos que le dio tiempo a llegar fue al primer macetero. Luis, su compañero de juerga y dueño de la casa, ayudándole a incorporarse, dijo -“Menos mal que estamos en invierno y mi madre ha sacado todos los bulbos de las macetas para que no se hielen. Te ibas a enterar tu de lo que es arruinar una planta de mi madre”. Una palmada en el hombro de Luis,  un “no te preocupes por mí, que ya estoy mejor”, y “dame una cerveza y un bocata de jamón”, fueron las tres únicas cosas que hizo durante la siguiente media hora, que se la pasó sentado intentando coger algo de fuerzas.

 

La mañana estaba programada, batida de caza y almuerzo en el soto, lugar donde eran esperados con las viandas pertinentes para reponer fuerzas. Aunque no era cazador, ni le hacía falta aficionarse a ello, decidía acompañar a su amigo, por los almuerzos, y las juergas nocturnas que se corrían en el pueblo  de bodega en bodega en casa de los paisanos, cada vez que llegaban los señoritos de la capital. Este año, como no podía ser de otra forma, repitieron, y el recibimiento por parte de los locales fue inmejorable, tanto, que las secuelas aun le duraban en el cuerpo, aunque tras el bocata y la cerveza, parecía que la cosa iba por mejores sendas.

 

Al ser el único adulto desarmado, se brindaba voluntario con los jóvenes para hacer sonar el cencerro y así conseguir sacar la caza. Bueno, lo que pretendían los lugareños era que se sacaran unos jabalíes tamaño rinoceronte para, una vez dado caza, hincarles el diente a lo Asterix y Obelix. En los años que llevaba de ojeador, en ocasión alguna había visto al infernal gorrino, aunque cierto es que año tras año a alguno se le había cruzado uno o dos, pero sólo eso, cruzado y a una velocidad vertiginosa, o incluso justo después de haber soltado dos cartuchos a una presa anterior. Por norma general, entre liebres, conejos y perdices andaba la cosa, y presuponía que este año no iba a cambiar, sin embargo como adulto responsable, debía de recordar a los ojeadores cencerreros, que ante la presencia del fiero animal, lo primero que había que hacer era dirigirse, sin mediar palabra con el bicho, a la primera encina- árbol cercano, trepar a toda prisa y desde allí, ¡oh refugio del ojeador!, dar aviso a la batida para que acudieran lo antes posible al rescate. La cosa se incrementaba, si la presencia del mal, venía acompañada de su prole.

 

Daniel Caravella

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