La casa sin barrer – por JAVIER PECES

Rompamos una lanza (o un lanzamisiles, lo que corresponda) en favor de la otra España. Porque es verdad que hay dos, pero no una de fachas y otra de rojos. No una de ‘nacionales’ y otra de republicanos. La evolución de las especies nos ha llevado por el mejor camino y por el peor.

Somos machistas de la náusea, puteros del volquete, irreverentes de la peor de las chabacanerías, beatos de meada dentro de la pila y fuera del tiesto, lagartos de ponerse al sol, saqueadores de la hacienda pública, funcionarios del desayuno eterno, alcohólicos de lo anónimo, borrachos de lo reconocido, manipuladores de la ley y de la trampa, señores del ladrillo y de la grúa, pícaros pendencieros de la vida, maltratadores de animales hasta la muerte.

Y a la misma vez somos genios creadores del óleo sobre lienzo, del cincel y de la piedra berroqueña, bomberos y médicos del mundo, sublimes cocineros de los mil tenedores, escritores de la pluma universal, ingenieros de las obras imposibles, irreverentes de los mejores ingenios, ramones y cajales de las intimidades de la ciencia, prodigios de la técnica, adalides de la justicia universal, festivales de la canción y conquistadores del tópico latino. Y lo sabes. 

Supongamos que es así la evolución de las especies. Nuestros cambios parecen -no digo que lo sean- consecuencia de una tirada de dados, de una improvisación apabullada y sin sentido. De vez en cuando nos sale un doble seis, pero casi siempre tiramos fuera del tablero. Poco nos pasa para lo mucho que nos la jugamos. Bastante buena escapada si salimos cada trance con un solo coscorrón.

En buena ley, esa resistencia al impacto tendría que ser nuestra mejor arma para dar el salto al siguiente escalón de la evolución. No vamos a prosperar si seguimos siendo esclavos de nuestra milenaria tradición del ordeno y mando. En el mundo anglosajón se entiende la sociedad como un contrato asumido por todos en razonables condiciones de igualdad. Aquí, por el contrario, el poder viene de Dios, que lo deposita mágicamente en la persona del monarca. Éste se rodea de virreyes y validos que manipulan a su libre antojo mientras que él se entrega a los placeres de la caza. Los demás, mientras tanto, con los ropajes bajados hasta media rodilla, en decúbito prono y a recibir lo que el señorito disponga.

Somos incapaces de convivir con los que no piensan igual. Somos muy de arrinconar al adversario, de aniquilar al que discrepa y de matar de sed al enemigo. Esto nos aboca al pensamiento único, o sea, a la dictadura. Y lo más terrible no es estar sometido a un dictador, sino que sea un tipejo bajito y regordete de inteligencia media tirando a baja. Lamentablemente, la estadística juega en contra de lo deseable. Es más que probable que se nos ponga encima un individuo que encaja como un guante en esta descripción.

En los tiempos de los antiguos, las cosas eran sencillas y se podía dominar el mundo conocido con -relativamente- pocos conocimientos. Bastaba con orientarse por el sol, recordar las fechas de las cosechas y comprobar la altura del vuelo del grajo para saber si iba a hacer un frío del carajo. Lo demás venía impuesto desde arriba, y cuestionar las enseñanzas de la santa madre se castigaba con terribles herramientas de pellizco y desgarro. Las noticias llegaban tarde y mal, pero el trovador que las contaba recibía alimento y posada en señal de agradecimiento. La hora de despertarse y la de acostarse eran marcadas por el sol y anunciadas por el gallo. Supervivencia en estado puro para aquellos que tenían la suerte de no caer en los brazos de la peste negra.

Todo bajo control.

Pero vinieron los tiempos modernos. La incipiente industria prometía prosperidad para todos, excedentes como para nadar en la abundancia y comerciar con ellos en el mundo entero, defensas contra las enfermedades y derechos sociales nunca vistos. Incumplió, como es bien sabido. Pero la simplicidad de la vida anterior se perdió para siempre. Un mundo complejo, contradictorio, contaminado, peligroso y hostil sucedió a la plácida y mísera vida de la antigüedad. Vivíamos más años o se nos hacían más largos. No se sabe cuál de las dos cosas sucede en realidad.

Ahora, supongamos que la medida de los tiempos viene dada por los individuos notables y no por el común de los mortales. Esto es mucho suponer en términos de bienestar de la población, pero no en el aspecto evolutivo de la cuestión. La sociedad no avanza con lerdos malintencionados y manipuladores en la cúspide. El populacho, debidamente manipulado, confunde la contemplación de la riqueza con el disfrute de la misma. Y no, ver la opulencia en la televisión no quita el hambre.

Antiguamente, para acceder a la aristocracia era necesario heredar. Para perpetuarse en ella se requería, además, ser cruel y despiadado. Las cosas sencillas (el ritmo del sol, las estaciones, las cosechas, el vuelo del grajo, el frío del carajo) se controlaban bastante bien poniendo un capataz adecuado en cada latifundio. El ejercicio selectivo del derecho de pernada hacía el resto. En el mundo moderno hay muchas más variables. El señorito, por mucho que lo sea, ya no puede ejercer un control feudal sobre las cosas. La revolución industrial no va de máquinas en vez de animales, sino de complejidad en lugar de simplicidad. Es el poder del conocimiento en el lugar de la autoridad sobrevenida.

Esto, claro está, no interesa a las clases dirigentes. Las riquezas heredadas son enemigas del esfuerzo, de la motivación o del estudio. Los ricos por herencia suelen ser comodones, salvo las típicas excepciones que contribuyen a la confirmación de la regla. Y tampoco es esperanzador el caso de los ricos nacidos de la oportunidad. Poco después de hacerse millonarios, los esforzados emprendedores pasan a engrosar el censo de los cómodos. Al menos, hasta que se les acaba el dinero.

Necesitamos una estructura de poder reticular que jubile las presentes jerarquías. La teoría es bonita: cada cual manda en lo que sabe y hace lo mejor que puede. Cada zapatero a sus zapatos. Pero vencer la resistencia de los que ocupan la cúspide en la actualidad es prácticamente imposible. Cada vez que repunta un nuevo líder, desde el mango de la sartén se le invita a deponer su actitud, dándole a cambio de una nueva vida de lujo y comodidades. Sólo puede aceptar, porque la alternativa es amanecer con la cabeza de un caballo entre las sábanas. Ni un monje franciscano puede resistir semejante tentación.

La verdadera revolución, la que triunfaría, no se hará con uniformes de color caquí en el poder o metralletas en las manos. El poder necesita cabezas privilegiadas, líderes muy especializados en el lugar de los negreros explotadores o los encantadores de serpientes al uso.

Gente que entienda que cuatro horas bien trabajadas hacen más por la empresa que una interminable jornada, sobre todo si la “mágica combinación de teclas” más usada es la que oculta el buscaminas y el solitario.

 

Javier Peces

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