La caja de música, por MARINELA FONTOIRA – #relatos

Cuando era una niña me gustaba entrar en el dormitorio de mi madre, arrodillarme al lado de su mesilla de noche y abrir la tapa de la caja de música que la adornaba. Era como las casas de madera de las montañas suizas, que en invierno se cubren de nieve y tienen un san bernardo vigilando en la puerta. Yo giraba la manivela que estaba en la parte de abajo para activar el muelle, poniéndolo en tensión, hasta que llegaba a su tope, y, entonces, la colocaba de nuevo en su sitio y me preparaba para soñar. Levantaba el tejado, que era la tapa, veía el alambre pequeñito que salía de su agujerito haciendo un leve chirrido y entonces la orquesta sinfónica empezaba a sonar. Era una melodía nada repetitiva, bastante larga y hermosa, en la que yo lograba oír violines, violas, flautas, flautines, oboes y hasta un piano, todo producto de mi imaginación, claro. Estaba hecha en madera ligeramente oscura, el tejado con cinco piedrecitas pegadas en cada una de sus aguas, cuatro en las esquinas y una en el centro, como aparecen colocados los cinco corazones en un naipe de baraja francesa. Yo no podía evitar imaginarme que en esa casita vivían unos personajes diminutos y que podía verlos a través de las pequeñas ventanas blancas de la fachada, asomando sus cabecitas por detrás de los visillos también blancos. Hasta las ventanas estaban adornadas con flores rojas y malvas; alguien tendría que vivir allí para regarlas y cuidarlas. Y delante del friso encalado, un banco de madera largo esperaba a diario a varios niños que allí se juntaban antes de salir a jugar a “policías y ladrones” por el campo. Yo la contemplaba embelesada y esperaba que cualquier viajero montado a caballo se parase delante de la casita para dar de beber al animal, en aquella fuente que era tan larga como el banco y que rebosaba de agua fresca y azul.

Mientras sonaba la música y mi madre arreglaba cosas en su habitación yo le preguntaba una y cien veces si no había manera de abrirla para ver el funcionamiento del mecanismo interno, y siempre me contestaba que no.

—Pero, mamá, ¿cómo puede sonar así?
—Tiene un cilindro con unos remaches que da vueltas y, entonces, estos rozan con las láminas afinadas de un cepillo de metal produciendo las diferentes notas. —Mi madre era muy culta y siempre sabía todo lo que le preguntabas, aunque la verdad es que yo nunca entendía muy bien lo que me explicaba, y a mí aquello me parecía magia y no acababa de creérmelo.
—Pero ¿estás segura de que no hay unos enanitos tocando ahí dentro?
—Que no, hija —me respondía paciente ante mi insistencia.

Otra cosa que me fascinaba de la caja era una noria situada en la fachada lateral izquierda y que giraba al ritmo de la música, moviendo un agua imaginaria que discurría por el riachuelo pintado sobre la base de la casa, hecha también en madera. Solo sé yo la de veces que de noche entré por su puertecita de tablones y subí a la planta alta para cerrar las contraventanas.

Lo único que me chocaba era que en el frontón había un escudo rojo con una cruz blanca que no entendía por qué lo habían puesto ahí. La verdad es que nunca me interesó qué significaba; solo pensaba que no quedaba bien.

Las pasadas navidades estaba con mi madre en su dormitorio, y ya muy enferma me preguntó si había algo de su casa que yo deseara especialmente, supongo que a modo de recuerdo porque ya veía que su final estaba cerca, aunque ella decía que todavía no se iba a morir. Le dije con un enorme nudo en la garganta y aguantando mis lágrimas, que lo que yo más deseaba era tener la cajita de madera de su mesilla de noche. Me sonrió y le sorprendió; no tenía ni idea de que me gustase tanto. Yo le dije: “Dentro de esa casita está guardada toda mi infancia, mamá, y me la quiero llevar conmigo”. La cogí, le di cuerda y cuando abrí el tejado para oír la melodía, esta sonaba muy despacio y con gran dificultad, iba al ritmo del mecanismo interior de mi madre, ya tremendamente oxidado por el paso del tiempo, pero logré oírla entera, y mi madre la oyó conmigo por última vez.

Tanto me gustaba esa casita que, siendo pequeña, en la tablilla que se ve cuando abres el tejado escribí con torpe caligrafía infantil mi nombre y el de mi madre con un rotulador del colegio, que todavía hoy se puede leer, y recuerdo a la perfección que lo escribí deseando que cuando fuese mayor esa cajita que tanto me hacía soñar pudiese seguir a mi lado. Cosas de niños.

Hoy, uno de junio de 2015, mi madre hubiera cumplido setenta y siete años, y esta mañana le di cuerda a su casita, sin llegar a conseguir que sonase. Apreté varias veces el alambrito que se levanta cuando abres la tapa, la agité, le di golpecitos, pero no quiso sonar. Me entristecí porque quería oír mi melodía y por fin salió una nota, solo una, pero fue suficiente para poder seguir cantándola mientras me fui con la casita en la mano hasta el ordenador para escribir este relato como regalo de cumpleaños para ella. Mientras lo escribía, la casa permanecía a mi lado con la tapa levantada y, al terminar, lo leí en alto para detectar los errores. Como remate añadí: “Para ti, mamá querida” y, por arte de magia, la música empezó a sonar y pude oír la melodía entera hasta el final, y no sonó lenta, sino como cuando yo era niña, y entonces supe que mi madre estaba ahí conmigo escuchándola.

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“Seguimos avanzando”. Cuadro de MARINELA FONTOIRA

Marinela Fontoira

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