La Boutade Epistolar – por LUIS CASAS LUENGO

Querida Mercedes:

No nos conocemos y raro será que nos vayamos a conocer algún día. Yo sé de usted por lo que cuenta el abogado, que no es mucho, pero siempre que leo una entrada nueva en el blog pienso que me gusta usted mucho y que tengo muchas ganas de hablar con usted. Hoy quería contarle tres cosas:

Una. Esta mañana me ha pasado algo muy parecido a aquello que contaba el abogado sobre su encuentro con aquel álbum de fotos y su librería en la Argentina, y aprender el oficio, y el mejor maestro y la sonrisa infinita en la foto, y el abrazo. Usted le había dicho a él que hay días en que rinde homenaje a aquellos días, a aquella que fue. Lo mío de hoy no ha sido un homenaje, ha sido nostalgia. ¿Cómo afronta usted el futuro después de cada homenaje a su pasado?. Yo con miedo, como siempre. En este caso con miedo a que esos días hayan sido los más felices de mi vida.

Dos. Me inspira mucho una imagen suya que yo me invento. Me la imagino todas las mañanas levantando los toldos de La Boutade y me imagino que poner en marcha el puesto es la constante y lo seguro; que La Boutade es un poco su útero materno. Yo no sé cuál es mi útero materno.

Tres. No me gusta La verdad sobre el caso Harry Quebert. 75 páginas de oportunidad le he concedido pero me la dejo. Es un abandono contundente, que es muy gorda y a todo el mundo parece que le ha gustado mucho. ¿Usted la ha leído?

Nada más por hoy. ¿Está usted bien?, ¿está contenta?

Un abrazo

Su amiga en la ficción

 

 

 

Estimada @susanchezb:

No sé a qué ficción se refiere. Puedo asegurarle que mi vida es tan real como pueda ser la de cualquier lector de este Blog. Poca gente conozco que no aproveche el internet para novelarse. Que lo consigan o no, es otro cantar y yo confío en los aciertos del Abogado en sus (des)propósitos.

A veces lo hace con acierto, no lo niego. Pero echo de menos yo también mayor descripción de mi persona y el resto de la tertulia. Al fin y al cabo no todo puede dejarse a la imaginación de los lectores y a veces me planteo si no sería mejor buscarme otro que se acercase, sin abusar, a las largas descripciones Galdós, por ejemplo.

La descripción del puesto ha sido tan breve y la da tan por conocida que la publicidad que dice hacerme, se pierde con los clientes que no identifican este puesto entre el resto del Mercadillo de Feria.

Aún así, su imagen es cierta: todos los jueves levanto los toldos y, créame, que yo la sospeché a Ud. alguna mañana observando mi torpeza. El desequilibrio en que quedan es, también, parte de la marca “La Boutade”. Hace buen tiempo en Sevilla y los vientos son raros, por lo que pocos días corro peligro de descalabrar a nadie. Si me permite divagar y apartarme del hilo de mi respuesta, le confesaré que sí, que un día de viento a punto estuve de invitar a acercarse al párroco de San Juan. Ya sabe usted que nuestras  relaciones no son buenas desde que tomé prestada la pancarta que colocaba los días de primera comunión.

Pero mis violencias y venganzas no pasan nunca de recomendar libros y apunto su sugerencia sobre “La verdad sobre el caso Harry Quebert” por si Paco, el Poli, no ceja en su costumbre de convertirme en Sherezade todas las noches.

Si le leo cuentos y no le cuento mi vida es para evitar la nostalgia que, según dice, le ataca a usted también. Qué difícil es dejarnos marchar ¿verdad? Esa maldita costumbre de ver nuestras vidas como una línea continua que da sentido a nuestro presente nos tiene a todos melancólicos. Un tiempo hubo en que la melancolía era un diagnóstico médico ¿lo sabía? Dicen que era lo que padecía Felipe V de Borbón y mal recuerdo en Barcelona, cuando intentaba montarse en los caballos de los tapices del Palacio Real. Quizás a él se la provocó el exilio de su Francia natal. Yo no sé si mi exilio de Argentina me provocará una reacción semejante. Siempre me reí de quienes hablan con las plantas, pero a veces me sorprendo hablando a los libros, insultando la ceguera de los autores que no nos avisaron de que el futuro era esto.

Menudo útero me he buscado, según lo define usted. Este puesto no es más qué memoria sin alivio de amnesia… Pero le confieso que si permití al Abogado novelar mis días fue porque compartimos lema: la única certeza posible está detrás nuestro.

No me remolonee más y pásese por La Boutade. Hacemos frente común contra las ilusiones del Abogado y nos echamos unas risas.

160914

 

Querida Mercedes:

Sí que es difícil dejarnos ir, sí. Año nuevo, vida nueva….a rey muerto, rey puesto… un clavo quita otro clavo…la mancha de la morita con otra verde se quita…

Todo eso, para el que tenga un estómago ágil, pero los que tenemos digestiones pesadas somos muy del factor tiempo. Que pasa, eso sí. Para todo. El otro día me dijo el dermatólogo por una manchita blanca y minúscula en la pierna que eso era como las canas: la edad sin más. ¡Ja!, sin mas…El tiempo. Me tomaría un café al respecto con Shehrezade y con Penélope. Shehrezade no fue una contadora de historias, Mercedes, fue una magnífica gestora del tiempo. Gestora porque construyó algo valiéndose del tiempo, me refiero. Un elemento más. Un objetivo y unos recursos, el tiempo uno de ellos. Penélope, no. El tiempo para ella era el camino, y además, incierto: esperar, aguantar, a ver… Nos conocemos poco, querida Mercedes, pero creo que ni usted ni yo somos de la cuerda de Penélope. Más tirando a Shehrezades que a otra cosa. O no, ¿quién sabe?.

En otro orden de cosas, el otro día me preguntaba si tendría usted alguna macetica en La Boutade. Yo diría que le pega. Es usted tan humana; aunque parece que se esconde detrás de los libros, tan aparentemente inanimados, les habla. Resulta que fui a comprarme unas plantitas, que se me habían muerto las pocas que tenía por los rigores de la desatención. Fue en esa estúpida euforia vitalista que a veces nos invade transitoriamente a algunos, plantas nuevas, zafarrancho de armarios, ordenar las fotos. Que vamos, eso se pasa rápidamente y ya está, pero que en esa marabunta pensé yo: le mandaría una bromelia bonita a Mercedes, para La Boutade, a la sombra. Luego lo pensé mejor porque si usted abre sólo los jueves no es plan. Bueno, en fin, que me compré yo una bromelia, un anturium y unas margaritas (que más bien parecen dalias) que me están dando quebraderos de cabeza. Hoy les he hecho mucho caso pero no soy nada constante con ellas y ellas no mienten. No hace falta tener una animal en casa (o un hijo) que te diga que o te centras o bye-bye, las mismas plantas, que se les ve la alegría de la estabilidad o el caos de los vaivenes. El anturium lo compré ya florecido y me dijo la de la tienda: a cuidarlo y ya, que las flores duran. Pero, ¡pero!, se le han muerto dos flores y le han salido tres, feísimas. Y las margaritas…las margaritas/dalias…traían capullos, se han abierto la mitad, de ellos la mitad se han abierto podridos y con los que están cerrados no sé qué va a pasar. Esta mañana podaba yo las margaritas-dalias con muchos nervios y no sé si he sacrificado capullos potencialmente viables amparándome en que los sépalos estaban resecos. Menos mal que Gallardón está estos días en que se le va la muchacha y lo deja tirado, que si no…

 

Y le digo, por último, Mercedes que si su vida es real, la mía es ficticia, y no porque yo quiera sino porque no consigo hacerme con ella, que me la escriben otros. Cuídese mucho y permítame que le recuerde un cuento que ya conoce y que tiene una frase crucial, a mi entender: duración media del llanto, tres minutos. De Cortázar: “Instrucciones para llorar”. El abogado creo que dice que Cortázar…, menos mal que a usted y a mí nos fascina.

Un abrazo,

Su amiga en la ficción.

 

epistolar

Luis Casas Luengo

Luis Casas Luengo Ha publicado 19 entradas.

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