La borda de poniente

Tenía unos ojos muy grandes y serios las pocas veces que dejaba de reír y se quedaba solo.

En un rincón de la borda que daba a poniente, alejado de la vista de todos, las bromas y chascarrillos del faenar cotidiano se desvanecían bajo el peso de su mirada reflexiva. Había llegado el momento.

Tenía en su corazón mil remiendos y suturas, por los que habían conseguido impedir que la vida se le escapase. “Has tenido mucha suerte” le dijeron mil veces. Pero ahora sabía que lo suyo había sido mucho más que suerte.

Se daba cuenta que apenas recordaba nada de antes; como si no hubiera tenido más vida que cuando decidió empezar de nuevo, y vivir el regalo de la pura existencia, como el niño travieso que decidió volver a ser. Sólo así recuperó un mañana con el que no llegó a contar. Desde entonces había visto mucho mar, muchas olas, muchos peces, muchas cosas desde la borda de ese viejo, gastado barco. Era la hora de volver a puerto.

– Me voy, lo dejo ya. Nos volveremos a ver, amigo.

             – Lo sé y lo entiendo. Nunca hemos hablado de la amistad, porque de la amistad no se habla, se siente. Alguien  me dijo una vez que un amigo es aquel con el que te puedes sentar tranquilamente en silencio y sencillamente, sentir que sois amigos. Nada más. Esa es la amistad que yo he vivido contigo. 

Había llegado en el mejor momento, no había mejor modo de irse. Estaba en compañía de verdaderos amigos, aquellos que nunca necesitaban ni pedían explicaciones, pero que sabían que de vez en cuando se alejaba para acodarse en la borda que daba a poniente; siempre pensativo, con los ojos grandes y tranquilos, en silencio.

escocia - alfonso hidalgo bau

Ricardo Balaguer

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