La araña del olvido, por FERNANDO REVIRIEGO – #reseñas

“Recuerdo una brisa triste por los olivos”.. era la frase con la que terminaba Lorca su poema “Alma ausente”, una de las elegías compuestas para su amigo Ignacio Sánchez Mejía, muerto el 13 de agosto de 1934 tras sufrir una cornada por el toro “Granadino”.  

Y sería bajo las verdes lágrimas de un olivo donde sería enterrado en una fosa común el propio Lorca (junto con un maestro y dos banderilleros) justo dos años después (el 18 de agosto de 1936 parece ser la fecha más probable) tras ser asesinado en Granada, en el camino de Víznar a Alfacar; había sido detenido en casa de la familia de su amigo Luis Rosales, buen amigo suyo, dos días antes.

Dentro de poco se cumplirán ochenta años de su asesinato y todavía se siguen buscando sus restos.  Hace poco más de un lustro en aplicación de la llamada Ley para la memoria histórica se abrió una fosa en la que presuntamente se encontraban estos restos, aunque la búsqueda resultó infructuosa; poco después, hace un año, volvieron a iniciarse estas tareas pero se paralizó ante la negativa de su familia.   

Mucho se ha escrito sobre este asesinato y probablemente se seguirá escribiendo pero en esta búsqueda tendrá un lugar de honor Agustín Penón (1929/1976), un periodista/escritor americano (de padres españoles que se exiliaron al inicio de nuestra guerra incivil), que durante 1955 y 1956 investigó denodadamente sobre esos hechos.

¿Por qué fue asesinado? ¿Quién le mató? ¿Dónde está enterrado? Fueron las tres preguntas a las que pretendió dar respuesta en su investigación.

Nunca publicó el resultado de sus pesquisas, y tuvo que ser una amiga suya, Marta Osorio, a quien llegó finalmente la maleta con toda la documentación y sus centenares de páginas escritas, quien lo hiciera medio siglo después (Miedo, olvido y fantasía. Crónica de la investigación de Agustín Penón sobre Federico García Lorca, Comares, 2001) aunque antes de ella ya se había conocido esa investigación, mas sin mucha difusión ni repercusión, a través de la obra de Ian Gibson (Agustín Penón, Diario de una búsqueda lorquiana, Plaza & Janés, 1990).

La documentación que permitió ambos trabajos fue esa maleta que llegó primero a William Cleyton, remitida por el propio Agustín Penón, apenas unos días antes de su muerte en Costa Rica, y que este hizo permitió consultar al propio Gibson, y luego dejó en testamento a la amiga de ambos (William y Agustín), Marta Osorio.  

La historia, trepidante en muchos momentos, emocionante casi siempre, salta ahora al comic de la mano de Enrique Bonet (La araña del olvido,  Astiberri, 2015).

En este trabajo, de muy recomendable lectura, Lorca volverá a cobrar vida de la mano de Emilia Llanos, de Luis Rosales, de José María García Carrillo, de tantos y tantos que le quisieron.. mas también de los que no, y que estuvieron detrás de aquella muerte, como Ramón Ruíz Alonso, quien lo detuviera aquel infausto día de agosto y lo llevara detenido a los calabozos del Gobierno civil.

Probablemente nunca se sepa con certeza lo que sucedieron en las horas que mediaron desde su detención hasta su muerte y su enterramiento en una fosa común. Quizá nunca se encuentren sus restos, quizá nunca deban buscarse, ni sacarse de esa tierra que lo acoge junto a aquel maestro y aquellos dos banderilleros que corrieron la misma trágica suerte. Lo que si podemos saber es que, sirviéndonos de ese mismo poema “Alma ausente” Lorca no murió para siempre, sino que le sigue conociendo el toro, la higuera, los caballos, las hormigas, el niño y la tarde.

 

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Fernando Reviriego

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