La antigua casa

La cinta de embalar hizo su característico ruido al desprenderse del precinto y quedar pegado a la última caja. No restaba nada más por empaquetar. La casa estaba asolada como en un desierto. Silencio dentro. Silencio fuera. No era su primera mudanza, ni mucho menos. La más dolorosa, sí. Esa nueva casa a la que trasladaban todos los enseres era mucho mejor, mas grande, luminosa, de estancias espaciosas. Pero irse de la casona era un acto de valentía. Le había acompañado desde la niñez. Solía venir a ella en época de vacaciones. Muchos fines de semana. Muchos puentes. Muchos meses seguidos en verano. Cuantos más, mejor. Era un refugio en el que podía poner a resucitar el alma. Los primeros días, al llegar, los dedicaba simplemente a acondicionar las habitaciones y dormitar en el sofá. Una tranquilidad de espíritu sobreviene de golpe cuando uno llega al destino deseado y hace acto de presencia en forma de somnolencia eterna. Una vez aclimatado el cuerpo y mente al nuevo ritmo de vida sosegado, los días transcurrían en estado de placidez. La tensión desaparecía y los problemas quedaban ahí, finos, latentes y muy lejanos. Alternaba labores de jardinería con largos paseos por los valles colindantes. Le gustaba ver el juego de sombras del sol escondiéndose entre nubes y colinas, entre encinas y matorrales. Observaba el paisaje al atardecer desde el porche de la casa y soñaba con una vida que se pareciera a esa, durante todos los días del año. Nunca quería volver a la ciudad, la amenaza de problemas en cada regresar martilleaba sus sienes mientras cerraba cada una de las contraventanas y echaba el cierre a la cancela. Eran vueltas a la realidad sabidamente pesadas.

Volvió  a revisar las cajas, ordenadas en dos grupos estrictos, sin apilar. Tras recorrer la fila de las cajas no frágiles, se centró en el otro grupo y revisó los carteles una vez más. En letras rojas de rotulador indeleble muy grueso: Fotos, Recuerdos, Aromas, Olores, Gestos de Cariño, Visitas Esperadas e Inesperadas, Abrazos, Viento entre los Árboles, Puestas de Sol, Relente, Campos de Girasoles, Campos de Trigo y Cebada, Enseñanzas De Mis Padres, Alegría, Serenidad. Las quince cajas estaban bien cerradas, lo comprobó otra vez.

Salió al jardín y, casi sin respirar, dio órdenes al responsable del camión de mudanzas. Hizo hincapié en la extrema fragilidad de las cajas, las de los carteles en rojo. Se montó en el coche, arrancó y salió por el sendero, aprisa, sin echar la vista atrás. No recuerda si lloró. Cree haber conducido hasta la nueva casa en estado de conmoción. Es el automatismo que escuda la pena y hace de relleno para el vacío.

Tolmin, Switzerland

Elena Silvela

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