Junto al caño, por FERNANDO REVIRIEGO #relatos

Juana contaba ochenta y cinco años cuando su hijo y su nuera murieron. Nadie supo jamás como la casa había podido llegar a incendiarse. Milagrosamente, el nieto de Juana, que por aquel entonces contaba dos años logró salvar la vida. Estaba Juana acostumbrada a las desgracias, empezando desde aquella oscura noche que su padre fuera asesinado a navajazos en un también oscuro callejón. Su propia madre,  desde aquel mismo día se sumió en un estado de desesperación y tristeza tal que dejó de hablar, de comer, de moverse, hasta que muy poco tiempo después, terminara muriendo de pura pena.

El propio marido de Juana había muerto de forma extraña una noche en la misma puerta de su casa. Le encontró ella, al amanecer, al abrir la puerta, sobre un charco de sangre. Nadie pareció extrañarse de aquello, pues siempre todos habían opinado que Antonio, pues así se llamaba, acabaría de aquella forma; y todo el pueblo lo sintió como si el muerto fuese propio, más por el cariño que todos sentían hacia Juana, que por el aprecio que nadie, salvo la propia Juana, sintió jamás por el difunto.

Así, que cuando la nueva desgracia aconteció, Juana la aceptó como si de un hecho normal se tratase.

Cuando le comunicaron la noticia no gritó, ni lloró, y ni siquiera una lagrima corrió por sus mejillas; tan solo cogió al pequeño, agarrándolo fuertemente entre sus brazos, y comenzó a acunarlo.

El pequeño Arturo creció sin separarse de su abuela, hasta tal punto que cuando se encontraba con algún niño de su edad, se extrañaba de que tuviesen padre y madre, y no simplemente, como él, abuela.

Juana adoraba al pequeño, que había logrado introducir tanta alegría en el cuerpo de la anciana que había incluso llegado a olvidar todas sus desgracias. Vestía de negro, desde aquella misma noche en que mataron a su padre en una riña. El pequeño Arturo se había acostumbrado, no sin dificultad, a aquel color, aunque nunca le gustara, mas con los años había llegado a sentir un extraño sentimiento de complicidad con el negro vestido de su abuela.

Arturo cumplió los ocho años apenas dos semanas antes de que su abuela llegara a los noventa y uno. Juana le regalo entonces unos zapatos de cuero que había comprado con el esfuerzo y ahorro de muchos meses. Había tardado treinta y cuatro semanas en pagarlo. Y aun le faltaban por pagar otras dos, pero el tendero le había permitido llevárselos aquel día. Arturo se puso como loco, jamás antes había tenido zapatos. Se los puso con cuidado de no mancharlos, y apenas si se atrevió a andar con ellos aquel día por el temor a estropearlos. Le salieron dos enormes rozaduras, aunque se sentía tan dichoso que apenas si las sentía.

Juana y su nieto acostumbraban a celebrar las fiestas ellos dos solos. Arturo jamás invitaba a ninguno de sus amigos. No porque no quisiera estar con ellos, quería, pero no en ese momento. Para él aquellas no eran sino fiestas tan íntimas, que de haber invitado a alguien hubiese sido para él poco menos que un sacrilegio; aunque tras celebrarlo con su abuela, siempre iba a casa de sus dos mejores amigos, Eusebio y el Toño, para ofrecerles un poco del pastel que su abuela le había preparado, un pastel que siempre era de arándonos.

Arturo acostumbraba a acompañar a su abuela al caño del pueblo, a lavar la ropa allí; todas las vecinas trataban al pequeño con ternura, sabedoras de las muchas desgracias que, desde antes mismo de nacer, fluían por su sangre. “Como te cuida tu abuela eh..” le dijeron todas al verle aparecer con aquellos nuevos y relucientes zapatos. ““, dijo Juana sonriendo “..Y cuando yo termine de cuidarlo, el me cuidara a mí..”

..” dijo Arturo, pronunciando aquel sí con tanta fuerza que nadie dudo por un instante que lo cumpliría. De los ojos del pequeño irradiaba tal cariño hacia la abuela que muchas de las madres del pueblo no podían dejar de sentir una cierta envidia…

Era invierno. El frío se había comenzado a apoderar de los huesos de Juana, irremediablemente, pero ella resistía desde la fuerza de sus noventa y cinco años, pues sabía que su nieto aún la necesitaba.

Así, que cuando la muerte la llamo por cinco veces en aquel invierno, a cada vez con más fuerza, ella se negó otras tantas a dejar este mundo, no por el apego que sentía hacia aquel, pues ya hacía muchos años que había perdido aquel sentimiento de aprecio a las cosas terrenales, sino por el ahora no tan pequeño zanganillo que tenía a su cargo.

Había decidido vivir al menos hasta que su Arturo cumpliera catorce años.

Arturo había crecido mucho en los últimos años; así que entre aquel crecimiento, y que la abuela Juana iba menguando de día en día, cuando Arturo cumplió los catorce años duplicaba en altura a su abuela. Juana seguía cultivando el pequeño jardín que tenían en el interior de la casa. La ayuda de Arturo era cada vez mayor, pero Juana siguió cumpliendo su promesa y hasta el último día de su vida cuidó a su nieto.

Y Arturo cumplió catorce años. Aquel día Juana hizo una enorme y sabrosa, la más sabrosa tarta de arándanos que jamás se había podido cocinar. La comieron entre los dos juntos, y a solas, en el interior de la pequeña casa. Y al atardecer de aquel día, Juana se acostó y expiró.

Arturo la encontró una hora más tarde, y por un instante pensó que dormía, aunque algo le hizo sospechar que no era así. Se acercó a la cama, y trato de despertarla, pero no pudo.

Lloró durante horas hasta que quedó seco de tanto llorar.

Pero la expresión de Juana reflejaba tal tranquilidad, la de aquel que sabe que ha cumplido su trabajo, que Arturo dejó de llorar, pues sabía que su abuela ya, por fin, descansaba, y se alegró por ella, aunque continuó llorando, esta vez por él mismo. Sin lágrimas. La enterraron dos días más tarde. La casa desde entonces parecía estar vacía.

Doce días después, cuando Juana, de haber estado viva hubiese celebrado su cumpleaños, Arturo se acercó al cementerio. Aquello no resultaba una novedad, pues lo venía haciendo todos los días al menos por dos veces para hablar con su abuela. Pero aquel día era especial, era el cumpleaños de su abuela, y había preparado una tarta de arándanos para celebrarlo. Y la había comprado un regalo. Unas zapatillas negras. “Son muy calentitas, abuela, para el invierno..”, susurró al pie de la tumba. “Ya verás lo buenas que son ..” “..Me las fio el tendero.. Pero no tardaré en pagarlas.. estoy trabajando por las noches en su tienda.. Y sigo yendo a la escuela… Ya verás abuela lo orgulloso que vas a estar de mi…” Puso una flor en su tumba. Y así un día tras otro, un año tras otro, Arturo cumplió la promesa que hubiera hecho aquella tarde junto al caño en la plaza del pueblo.

 

caño

 

Fernando Reviriego

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One comment

  1. En este aparente sencillo cuento late toda una historia, no es un cuento más es un relato de una persona que irradia humanidad y al que la musa le ha querido ceder sus dones. Parecen muy buenas armas para penetrar en los corazones de una humanidad cada vez mas deshumanizada, automatizada y superficial…Felicidades al escritor.

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