Juicios y abismos – por ELENA SILVELA #misescritos

Le desea buen viaje con poca convicción. La conversación ha sido realmente intensa. Un toma y daca constante.

Siempre se le ha dado bien esquivar balas verbales de su hermana. Pero en momentos puntuales. La munición lanzada en esta ocasión ha sido desmedida y sin compasión. A ello se le suma ahora la rabia. Todo juicios sin preguntas. Dios mío, hermana mía, preguntar. Preguntar. Ese elemento básico para conocer el estado de quien está enfrente.

¿Por qué tan poca consideración? Le ha echado en cara que no deje atrás su pasado. Ha sentenciado que aquello ya pasó y el día de hoy es otra etapa. Le ha afirmado, como quien abre los ojos a un ciego, que ya ha superado y olvidado lo ocurrido. Un insulto. Ha sido un completo y osado insulto a su persona. ¿Cómo se olvida uno de un hijo a quien se ve morir? ¿Como se desgaja uno de alguien de su sangre? ¿Qué mente enferma hace eso? Supone que uno deja de recordar a un hijo cuando cae bajo las garras de una enfermedad mental, y aún así no lo tiene muy claro. Pero su hermana, no. Ella es perfecta. Visualiza la vida de los demás en los niveles excelsos en que ella vive. No, no. “Vive” no es el término preciso; en los niveles excelsos que ella padece. ¿La cantidad de años influye en el olvido? ¿Quién establece esa numeración? ¿A partir de los nueve años de ausencia uno ya no recuerda a su hijo? ¿Y a los ocho años y once meses no?

Qué mente insulsa y tan poco empática la de Esther. La pequeña Esther, la resabiada Esther. La observa mientras camina hacia la puerta de embarque. La cabeza bien alzada, los hombros hacia atrás, espalda erguida y paso firme. No puede apartar la mirada, ese postureo infinito tan indignante. Esther vuelve la cabeza, se acerca los dedos hacia la sien. “Piensa en lo que te he dicho”, dice moviendo los labios.

No puede sonreír de vuelta. Ni agitar la mano. Hay un abismo en esos diez metros que les separan.

 

Fotografía de Elena Silvela

Elena Silvela

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