Juego de hombres – por MARÍA JOSÉ BARROSO

“Algún día lo dejaré, sí, algún día…” Era el pensamiento que le invadía cada noche al sentir el olor a mugre que desprendía la puerta del almacén junto al puerto. A los 35 años vislumbraba su inevitable final. Moriría de un tiro por la espalda, desangrado en un callejón de madrugada, como en la típica novela negra. Solo que él no era un héroe de gabardina y sombrero calado hasta las cejas. Estaba harto de esconderse y sobrevivir como un delincuente, con el doloroso recuerdo de una mujer en las entrañas.

Se tocó el costado con el gesto que le consolaba siempre y respiró hondo. Abrió la puerta y sin saludar se encaminó hacia la mesa donde sus hombres esperaban órdenes.

—Los mexicanos nos esperarán en el muelle hasta las tres. Si no llegamos a tiempo, se marcharán con el cargamento —explicó.

Asintieron sin rechistar. Era el jefe, a su pesar. Ninguno de los otros era capaz de ponerse al mando de sus “negocios” en el puerto. No tener otra vida era lo único que les unía. Solo dudaba de Adolfo, el último del grupo, un tipo que acumulaba silencios para tapar sus deudas a la vida.

Y aquella noche Adolfo parecía más alterado que de costumbre. Miraba sin disimulo hacia el cuartucho del baño, por donde asomaba el filo de una luz azulada. El jefe dirigió hacia allí y abrió la puerta de un empujón. Unos ojos verdes le devolvieron el reflejo de los suyos. Un muchacho escuálido y moreno que sostenía un móvil entre las manos estaba sentado sobre la tapa del retrete. Parecía aterrado, pero no se movió del sitio que había tomado como fuerte.

Adolfo dio un paso e irguió la cabeza, desafiante.

—Es el hijo de mi hermano. Parece que se ha escapado de casa o eso creo, porque no suelta prenda. Siempre han tenido muchas movidas en casa…

El chico ignoraba la explicación con la mirada fija en el móvil que desprendía luces de colores al ritmo de disparos de metralleta. Movía al héroe del juego sorteando enemigos a toda velocidad. Los cuerpos quedaban mutilados y ensangrentados en un macabro espectáculo de diversión.

—¿A qué coño estás jugando, chico? —preguntó el jefe sin poder contenerse.
—¿Y vosotros, a qué jugáis? —respondió.

Se quedó atónito por la osadía del muchacho y creyó ver en sus ojos un destello de dolor, muy parecido al suyo. Un espejo de sus 15 años.

—Esto es serio. Nos jugamos la vida.
—La vida de otros… Yo quiero… Necesito aprender a matar.
—¿Qué dices, chico? ¿No tienes suficiente con ese juego? Déjalo así.
—Me llamo Ángel… No, no es suficiente. Tengo que hacerlo real.
—Vale. Escucha. Si tu tío te ha contado algo, sabrás que no somos asesinos. Nos limitamos a hacer que las armas cambien de manos. Lo que hagan con ellas, no es nuestro problema. ¿Entiendes? No matamos a nadie…
—Dilo como quieras. Viene a ser lo mismo —puntualizó, tajante.

Se sintió incapaz de seguir discutiendo. La conversación había destapado recuerdos cubiertos con grandes capas de esfuerzo. Un rostro de mujer amado y dulce, azotado por la mano del hombre que odiaba. No podía permitir que esos recuerdos resurgieran.

La operación era arriesgada y los peores presagios se confirmaron. La Guardia Civil les esperaban en el muelle donde habían acordado la entrega y los mexicanos trataban de escapar del cerco policial. Apenas les dio tiempo a escapar, aprovechando la confusión, y volver al coche. Antes de cerrar la puerta trasera se oyeron dos detonaciones y un cuerpo cayó de golpe sobre el asiento.

—¡Joder, si es el chaval! —exclamó el jefe.

Cuando regresaron al almacén, a salvo por poco tiempo, Ángel gemía afiebrado, pero consciente.

—¿No he matado a nadie, verdad, jefe? —preguntó con un hilo de voz.
—Solo has conseguido un buen rasguño. ¿En qué demonios estabas pensando?
—Quería probar… Tengo que liquidar lo que dejé pendiente en casa.
—¿Y qué tienes que liquidar?
—A mi padre.

Sí, ahí estaba. Era él a los 15 años; el mismo dolor, su misma rabia. Y una escena en el recuerdo. La lluvia aquella noche resonaba contra el tejado y de su costado izquierdo manaba la sangre que goteaba hasta el suelo. Y su sangre se unía a la de su madre en un charco oscuro. Ella agonizaba sobre las baldosas del salón; el rostro cubierto de heridas nuevas desgarrándose sobre las viejas. Su padre sostenía el cuchillo que le servía para descargar las frustraciones de su alma de bestia contra ellos. Y a los 15 años dejó de dudar. Le disparó con una vieja pistola comprada meses antes. Fue su seguro de vida y el símbolo de la angustia que le acompañaba desde que cerró los ojos de su madre con un beso y dejó bien abiertos los de su padre, como último castigo, para que no dejara de mirar el dulce rostro de la mujer que había destruido día a día. Y desde entonces llevaba la vieja pistola en una cartuchera pegada al costado, junto a la herida que le marcó más allá de la piel.

—Mi madre es lo que más quiero… —De los ojos del muchacho brotaron por fin unas lágrimas rendidas a la desesperación.
—Lo sé. Pero matar nunca es la solución. Los muertos no desaparecen como los del juego de tu móvil. Estarán presentes en la vida que trates de construir al margen de su recuerdo. No te concederán ni la libertad ni el poder que imaginas. A su modo, nos atan, nos vencen y nos entierran con ellos. No te estoy echando un sermón de cura, chico. Es la puta realidad. Lo sé bien… Te ayudaré a proteger a tu madre, ella vivirá por la mía. Y lo haremos sin juegos que nadie gana. Los necios juegan a controlar el mundo, pero los hombres solo vencen cuando se dominan a sí mismos. Tú eres mi última oportunidad, Ángel, y yo la tuya.

 

María José Barroso

María José Barroso Ha publicado 68 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *