Juan Alberto Montardo, por DANIEL CARAVELLA

Don Juan Alberto Montardo regentaba un local minúsculo, pero lo suficientemente grande como para albergar todos y cada uno de aquellos “corotos” que había ido atesorando a lo largo de su vida. No tenía enfermedad alguna, y menos la de Diógenes. No, Juan Alberto era el Monte de Piedad particular para sus paisanos, que recurrían a él cuando la mala fortuna apretaba y necesitaban plata para poder comer, o cualquier otra cosa que fuera fundamental.

Juan Alberto no era un millonario de mansión, ni de criados, ni de fincas. Juan Alberto era un cosechero y faenaba de sol a sol como el resto, sin embargo carecía de cargas pues jamás se interesó por él muchacha alguna del pueblo, y como él tampoco, sólo necesitaba una mínima parte de lo que ganaba para subsistir.

Una buena mañana de primavera, cuando todo está fresco y verde y el viento trae aromas a nuevo desde los cafetales de las laderas del norte, se acercó su compadre Raimundo de Dios. – “Compadre, ando muy apurado, Claudia Marina necesita un vestido nuevo para su fiesta de comunión, y hasta que no recoja la siembre el mes que viene no puedo comprárselo. ¿Me prestarías el dinero?”.
Juan Alberto era un hombre cabal, y antes de contestar nada a su primo, se rascó la cabeza, y mirando de frente le dijo que sí, pero con dos condiciones. “A cambio me dejarás en prenda algún objeto de valor a modo de fianza, y además, ese objeto, debes acompañarlo de la historia personal que encierre, yo guardaré tu objeto hasta que lo puedas recuperar, sin embargo, la historia me la quedaré”. Raimundo aceptó de buen grado, aunque lo de la historia iba a ser más difícil pues de escribir nada de nada. “No hay problema compadre, vente mañana por la noche a casa, que yo escribiré mientras nos bebemos un vaso de esa caña de azúcar que tengo y que tanto te gusta”.

Desde entonces, fue recopilando aquellos “corotos”. Los limpiaba, dejaba en perfecto estado, y cada uno de ellos le contaba una historia de sus paisanos, de su gente. Habían pasado cincuenta años de aquel vestido de primera comunión, y salvo en dos ocasiones, que fueron retirados, conservaba todos los objetos que le habían dejado en depósito. De todos, sólo uno conservaba que no tenía historia, una bonita estilográfica que le dejó en depósito Olademis Arcadia Belita, una joven que contaba con quince años cuando fue a verle, y aunque él contaba con veintiocho, no pudo dejar de reparar en la belleza de la niña, así como en su extrema timidez. La joven pidió por la estilográfica una insensatez, el pago de la compra de un lazo encarnado en la mercería de doña Elbertina.

– Olademis, esta pluma vale más plata que todo eso, no puedo aceptar. Dame otra cosa de menos valor, mucho menos, y guarda la pluma por si tienes otra necesidad en otro momento.

La joven no consintió ante la negativa de Juan Alberto, lo miró, y como pudo arranco de su garganta la única frase que jamás le oiría decir. “Don Juan, eso es lo único que quiero, y hasta que usted acepte mi estilográfica, ni comeré, ni dormiré, ni me iré de aquí”. Tanta firmeza hizo que aceptara sin más, lo que provoco en la joven un esbozo de sonrisa y el pistoletazo necesario para salir huyendo del local como si no hubiera un mañana, por lo que no pudo pedirle la historia de la estilográfica. Aunque intentó conseguir de Olademis el relato, nunca fue capaz de encontrarse con ella, siempre que llegaba a algún sitio creyendo que ahí estaba, acababa de marcharse. Finalmente desistió y decidió que aquella estilográfica pasaría a ser testigo de todas las notaciones en su libro de préstamos, al tiempo que redactora de las historias de aquellos cuyas artes caligráficas no pasaban de la firma con el pulgar.

Estando en estas historia, entró en su local una joven, que ni por asomo era Olademis, sin embargo sintió revivir aquella escena de nuevo, sólo minutos después a haberla rememorado. Aún desconcertado, preguntó a la niña.

– Buenos días jovencita, ¿quién eres y qué te trae por aquí?
– Buenos días don Juan Alberto, me llamo Melisenda Mayra, y le traigo recado de mi tía Olademis. Le ruega encarecidamente que me acompañe a su casa.
-¿Olademis? Vaya, por fin. No hablemos más, llévame pronto. Será cosa de urgencia cuando te ha pedido que vengas a buscarme.

La niña asió tan fuerte como pudo la mano de don Juan Alberto y casi arrastras lo sacó del pueblo. Pensó, “Las jóvenes de esta familia deben estar acostumbradas a ir a toda velocidad”, casi no había tenido ni tiempo de cerrar las puertas del almacén, cuando ya estaban al pié de los cafetales que distaban del pueblo unos tres kilómetros. Ahora comprendía cómo no había encontrado a la tía de la muchacha pues su camino habitual, cuando era joven y aún se dedicaba a cosechar, era justo al lado contrario. Subieron y bajaron varias laderas entre cafetales verdes cuajados de bayas rojas. A la cuarta loma tuvo que pedir a la niña detenerse por un momento. Aunque ágil, sus rodillas no aguantaban semejante trotar de potrillo, y salvo que su tía quisiera volver a verlo, pero de cuerpo presente, era mejor detenerse a descansar un poco, sólo hasta recobrar un poco la serenidad de piernas. Pasaron escasos cinco minutos cuando la niña volvió al ataque. Quedaba mucho menos de lo que él pensaba, tan sólo un par de lomas más, eso sí, las más escarpadas de toda la región.

Tras coronar la última loma, llegaron a una meseta en donde se encontraba una pequeña finca con su correspondiente casona de estilo colonial, perfectamente encalada. En todo el perímetro de la casa, se levantaba una columnata a modo de atrio sobre el que volaba el tejado unos cinco metros. Un magnífico portón se abrió según se aproximaban y que daba paso a un patio interior con brocal adornado por Orquídeas y mil variedades de plantas.

– Bueno Melisenda, ¿ya hemos llegado? ¿Y tu tía?
El silencio fue lo que recibió por respuesta, mientras la niña se dirigía con los brazos extendidos hacia una mujer de mirada afable que se aproximaba.
-Buenos días D. Juan, gracias por aceptar la invitación de la señorita Olademis. Me llamo Evalis Magali, madre de Melisenda. Si es tan amable y me acompaña, le mostraré dónde puede asearse y recomponerse. Me da que mi hija Melisenda no ha tenido mucha compasión, y le ha traído como un caballo desbocado. También le dejaré un poco de café recién colado por si le apetece.

Aceptó de buen grado ambos ofrecimientos. Hacía muchos años que no había visto a la que aún recordaba como una niña, y desde luego no iba a ser él quien se presentara ante la “señorita” todo sudoroso, pues aunque cosechero de toda la vida, siempre había ido como un pincel aunque sólo fuera por vanidad propia.

Media hora más tarde Evalis entraba en la habitación en la que él se encontraba.

– D. Juan, espero que todo esté de su agrado, si me acompaña iremos a ver a la señorita Olademis, se acaba de despertar, y aunque está delicada, ha pasado una buena noche y se encuentra con fuerzas suficientes para recibirle, incluso tomar un refrigerio juntos.

– Perdóneme Evalis, es la segunda vez que escucho que hace referencia a Olademis, como la señorita. Sin embargo su hija, cuando se ha presentado, me ha dicho mi tía. ¿Es que no son hermanas?

– Tiene razón, Olademis y yo somos hermanas de padre, sin embargo ambas nos criamos en la finca desconociendo esa verdad hasta la hora de su muerte, que fue cuando nos dijo quiénes éramos. Al final es una costumbre, que por descontado me cuesta alguna mirada de desaprobación cuando lo digo delante de ella, y que no puedo evitar.

Prácticamente con el fin de la explicación, llegaron a la estancia de Olademis. Para qué decir que la habitación era lo más grande que había visto en su vida, y desde luego bonita. Pensó, “si alguna vez tengo una habitación de este tamaño quiero que sea exactamente igual a esta”.

Sentada en uno de los sillones junto a los ventanales que permitían el paso de los rayos del sol, estaba ella. Levantó la mano, y dijo enérgicamente

– Acercaos, ahí no os puedo ver. Evalis, trae a nuestro invitado para que lo vea.

Así hicieron. Olademis conservaba la belleza que recordaba, evidentemente con unos cuantos años más, sin embargo también tenía una palidez extrema que indicaba claramente que su salud no estaba pasando por un buen momento.

– D. Juan, ¿cuántos años sin saber de usted, dónde se ha metido? Créame, me he pasado todos estos años intentando saber de usted, pero no ha habido forma.

La cara de estupefacción, dio paso a varios minutos de risa cuando comprendió que aquella muchacha tímida de hace tantos años, le estaba tomando el pelo.

– Ya ve, Olademis, desde que salió por aquella puerta, no me quedó otro remedio. Jamás en mi vida alguien tuvo tanto aplomo en llevarme la contraria, así que desaparecí.

Continuaron la conversación mientras tomaban el refrigerio. Se enteró de cómo siendo niña se escapaba de la finca al pueblo cuando su padre salía de partida con los hombres para la recolección del café, pero dado el carácter de este, no lo podía hacer abiertamente, pues eso le podía costar un disgusto. Años después, Don Regino, tras un accidente a caballo perdió la movilidad de sus piernas, lo que la obligó a ponerse al frente de la finca y por lo tanto ya no bajó más por el pueblo, sin embargo era conocedora de toda noticia que allí acaecía gracias a su hermana, que de vez en cuando bajaba para gestionar el aprovisionamiento de la finca.

– Cuénteme Don Juan, va a dejar pasar esta ocasión para pedirme lo que tantos años lleva queriendo pedirme. Le advierto, estoy muy enferma, me queda poco tiempo, así que esta es su ocasión.

– Verá Olademis. Me he acostumbrado a vivir sin esa historia. Es cierto que me gustaría tenerla, pero me gustaría mucho más poder venir a verla muchas veces, y charlar como hemos hecho hoy. Me entristece que tras tantos años esto vuelva a ser, de nuevo, tan efímero como la primera vez que la vi.

– La vida es un poco rara, pero tiene sus compensaciones. Tiene razón en que esto es efímero, pero le aseguro que este rato me ha dado mucha vida, aquí dentro, como para una eternidad. Ahora me va a tener que disculpar de nuevo, he de ir a descansar, eso sí muy feliz, me encuentro muy fatigada. Por cierto don Juan, se ha hecho tarde, no baje ahora al pueblo, quédese esta noche, sea mi invitado, y así podrá decirme nuevamente “Adiós”. ¡Ah!, una cosa más, encima del mueble de la habitación encontrará una caja que quiero que se lleve mañana cuando regrese.

– Muy bien, así lo haré, pero si me llevo algo, a cambio le he de dejar su compensación, así que le devuelvo su estilográfica.

– No, y ya sabe que cuando digo no, es que no. Quédese la estilográfica, y cuando abra la caja comprenderá el por qué de qué no quiera que me la devuelva.

Se retiró de la estancia junto con Evalis, y aprovechando que aún quedaba algo de claridad, dieron un paseo por el patio.

-Cuénteme Evalis, ¿tan grave está Olademis? Es difícil no notar esa palidez profunda de su piel, aunque se ha acicalado para la ocasión, y haya sonrosado sus mejillas.

– Don Juan, se nos va, se nos apaga como una vela. Don Lisardo, su médico, la visitó ayer tarde una vez más, y no guarda esperanzas de que llegue más allá de un par de noches. Ha hecho todo lo que ha podido, no ha habido remedio que no se haya tomado la señorita, perdón, mi hermana. Hasta mandamos llamar a Sixta, la curandera seguidora de María Lionza, pero tal cual entró se fue rogándome que llenara la casa de estampas de José Gregorio Hernández, pues sólo él podría salvarla.

Don Juan quedó en silencio, haciendo suya también la tristeza de Evalis. Siguieron caminando hasta llegar a la estancia de invitados donde se despidieron con un “Hasta mañana, si Dios nos lo regala”.

Entró en su habitación cabizbajo. Se acercó a los pies de la cama para dejar su chaqueta, y al levantar la vista vio sobre la cómoda un paquete. No había nada extraño más que eso, por lo que supuso que sería la caja que Olademis anunció que estaría a su disposición para cuando marchara al día siguiente.
Tentado por la curiosidad, se acercó con el fin de abrir la caja y ver de qué se trataba. Su sorpresa sería notable, cuando vio sobre la caja una nota dirigida a su nombre D. Juan Alberto Montardo, que presto abrió esperando más pistas sobre el contenido de la caja.

– Estimado D. Juan, puede que la curiosidad le tiente, pero por si acaso, recuerde que la abrirá cuando se marche, no antes. Espero que descanse, y buenas noches.

Volvió a depositar la misiva en el sobre y la dejó sobre la caja. Una vez más Olademis había conseguido salirse con la suya, y no era por miedo ni nada por el estilo, desde el primer día el aplomo de esa niña le había cautivado tanto que cualquier cosa que le hubiera pedido, se la hubiera concedido. Pasó la noche en vela sentado junto al ventanal viendo como la luna plateaba el valle que dormía silente esperando a que pasara la noche, como él esperaba. Con los primero rayos de sol, con la bruma nocturna aún sin disiparse, se aseo, y salió de su habitación. No era el único que estaba en danza, Evalis daba instrucciones pertinentes al personal de la finca con los ojos rebosantes de tristeza, una tristeza mucho más profunda que la tenía la noche pasada al despedirse.

– Nos ha dejado D. Juan, Olademis se nos ha ido.

– Dios la bendiga y la proteja.

D. Juan, atesoro en sus brazos a aquella mujer buscando consolarla, y consolarse a su vez. De nuevo, la niña se le había escapado. Pasado el tiempo de velatorio, funeral y entierro, Don Juan se despidió de Evalis, volviendo entre cafetales a su vida, su pueblo, su gente, su almacén de historias incompletas.

Al calor de unas ascuas, sentado junto a su mesa de comer, leer, escribir historias y mucho más, miraba el paquete que se había traído de la finca de Olademis. Su vista se perdía entre la caja y el recuerdo de aquella mujer en su estancia, que al sol del ventanal, charlaba con él. Un largo rato de melancolía le invadió, que fue rota por un gran estruendo, un trueno a modo de pregonero de la torrencial lluvia que se presentó acto seguido. Finalmente, comenzó a quitar la envuelta de aquel paquete. Tras la envuelta, la caja, y tras la tapa, un cilindro de papel a modo de pergamino sujeto con un lazo encarnado.

Contuvo la respiración al tiempo que apartaba su cuerpo de la caja. Era consciente que se la habían dado en mano, pero la sensación de mensaje de ultratumba hizo que se le pasara por la mente nombrar a todos sus “santitos”, al tiempo que soltaba un “Ay bendito”. Junto con el pergamino, una pequeña nota manuscrita que rezaba «Aquí la tiene, muchas gracias don Juan». No hubo más gestos, ni pensamientos en Santos, simplemente sacó del bolsillo de la chaqueta la estilográfica, la miró como quien se despide de un ser querido, la depositó dentro de la caja mientras susurraba «Descansa en paz», y volvió a cerrar la caja mientras se incorporaba, se colgaba el sombrero, y salía en medio de la lluviosa y fría noche camino de su almacén, donde depositó la caja en un lugar privilegiado, delante de todos sus “corotos”. Se sentó frente a ellos, a la luz de la vela se fue durmiendo lentamente y con el último suspiro de vela, se apagó.

Todo el pueblo estaba presente en su entierro, no hizo falta un bando para comunicar a los vecinos cuándo, ni dónde. Don Juan era la persona más querida del pueblo, y nadie, incluso los que por necesidad se desplazaban a otros pueblos para trabajar, faltó. Don Juan fue nombrado hijo predilecto del pueblo y se erigió una estatua en su nombre. “Don Juan Alberto Montardo, Benefactor e Hijo Predilecto”. El Almacén pasó a ser un santuario donde las gentes del pueblo, así como visitantes, podían observar todos los recuerdos e historias que atesoró. Con los años y el progreso, se fue desdibujando la historia, sus pertenencias almacenadas en los locales del ayuntamiento, y su estatua pasó a ocupar otro logar del pueblo, y no la plaza principal en donde se había dispuesto una fuente que rememoraba la guerra de la independencia. Poco a poco, la historia de don Juan quedó en el olvido, salvo en un lugar no muy lejano donde una anciana de nombre Melisenda día tras día enseñaba la historia a sus nietos, para que ellos hicieran lo mismo cuando fueran mayores.

«Esta es la historia de una estilográfica, que perteneció al hombre más bueno que jamás he conocido, Don Juan Alberto Montardo, que regentaba un local minúsculo…»

 

PLUMA

Daniel Caravella

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