Jack el Destripador y su primera vez, por FERNANDO REVIRIEGO #relatos

Jack sonrió irónicamente sin dejar de asir su cuchillo con firmeza. Apenas un instante después comenzó a balancearlo suave, muy suavemente…. Como si con su mano asiera la cuna de un recién nacido. ¡Pobre niño en ese caso¡ La luz de la farola se reflejó brillante sobre su largo filo. Era un brillo que se le antojaba hermoso. Por un instante su atención se desvió de aquella mujer, posando su mirada en el cuchillo. Le evocaba tantos recuerdos.

Cerró los ojos y comenzó a recordar…

***

Jack era joven por aquel entonces. Había sido en el verano del …qué mas daba la fecha..- pensó él con un brusco movimiento de cabeza. A Jack nunca le habían gustado las fechas. ¡Desvían la atención de los detalles importantes¡ El sol brillaba en lo alto, con impertinente claridad. Las nubes se arqueaban a su paso con en una sumisa reverencia. Fue entonces cuando la pudo ver por vez primera.
Era hermosa, terriblemente hermosa.

Sus ojos grandes y negros. Su cabello aún más negro. Y sus labios, húmedos, muy húmedos. Parecía tan dulce que se la hubiera comido allí mismo.. Por aquellos días Jack era tímido, callado. Apenas sí había cruzado palabra con mujer alguna, y el mismo comenzaba a dudar si alguna vez terminaría haciéndolo. Y desde aquel primer día en que la viera en el parque no pudo dejar de pensar en ella. Apenas sí dormía o comía pensando en ella. Sólo ansiaba estar a su lado. Pero ¿Qué decirle?

Así un día tras otro, hasta ciento cuarenta y tres días, Jack se limitó a contemplarla en el parque, sin dirigirla palabra alguna, pues de alguna mágica manera confiaba en que ella se diera cuenta. Que de repente un día se le acercara en el parque, le cogiera la mano y le declarara su amor eterno.
Mas el tiempo pasaba y nada ocurría. Y al anochecer del día cientocuarenta y cuatro se decidió a hablar con ella. Se acercó hasta ella. Llevaba preparadas las palabras. Eran muchas, pero las tenía bien ensayadas. Cientos de días ensayándolas en la soledad de su fría casa. Hermosas palabras todas preparadas. Mas al abrir la boca todas ellas, ¡malditas!, escaparon, y no pudo articular palabra.
Ella se rió.

Fue un risa pequeña, casi una sonrisa- pues a ninguna dama se le ocurriría reirse con un desconocido, más a Jack se le antojó terrible, humillante, dolorosa. Aquella risa se clavó en él como un cuchillo. Se estaba burlando de él.. Avergonzado, dió unos pasos hacia atrás, y escapó. Aquella misma noche tomó una decisión que habría de marcarle para siempre. La mataría. A ella y a todas como ella…

***

Jack alejó de su mente aquel episodio de su vida, y volviendo al presente, miró el filo de su navaja, donde aún permanecía nítida la inscripción que aquella primera vez, posiblemente los nervios, se le escapara de observar: “Recuerdo de Albacete…”

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Fernando Reviriego

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