Intermezzo, por ALEJANDRA MEZA #escritos

Me gustan las óperas, en particular “Carmen” de Geroges Bizet. A los diecinueve años, tarareaba la habanera “El amor es un pájaro rebelde”, intrigada por la frase «el amor jamás se ha sometido a las leyes, si tú no me amas, te amaré, y si te amo, cuídate», con la cual la gitana amenazaba a sus pretendientes para quitárselos de encima.
Hace unos días, mi hijastra me solicitó ayudarle a definir algunos conceptos para completar su tarea de Música. Juntas nos informamos sobre lo que es el ritmo, la armonía, la sinfonía, la ópera, la opereta, el intermezzo. De inmediato, recordé mi ópera favorita. El intermezzo al tercer acto es una maravilla, un diálogo entre suspiros y tensiones, aire y cuerdas, flautas y violines, un alivio para el alma y el oído entre dos actos intensos.
Emocionada por el tema, prácticamente redacté para mi hijastra un tratado musical y una vez que finalicé, mi esposo reprobó mi conducta con una pregunta: «¿Estás haciendo TU tarea, o la tarea DE ELLA?» Hice de su pregunta un reproche, de su reproche un sermón y le respondí con un discurso explosivo tanto o más dramático que un aria de ópera.
Me apoderé del escenario cual gitana enojada alzando mi voz de mezzosoprano sin saber exactamente lo que decía. De hecho, iba escuchando mis palabras al mismo tiempo que las pronunciaba y entonces, al oírlas verdaderamente, me quedé en silencio. ¡Horror! Me hallé utilizando el mismo lenguaje verbal y corporal que usaba al discutir con mi ex pareja.
Mi esposo explotó también y el tenor se unió a la mezzosoprano. Me arrebató el tablado, la orquesta y la audiencia. Sacó de su pecho una escala de situaciones reales e imaginarias, y recuerdos en los que no tenía que ver. Quizá, igual que yo, cayó en cuenta de lo anterior y después de un necesario silencio cerró con esta frase: «… no puedo curar las heridas que te hizo alguien más, sólo las que te he hecho yo».
Cuando nos casamos, creímos que este segundo matrimonio cerraría las heridas que abrió el primero, pero no es así. Ambos entendimos que en esa ocasión, y quizá en otras, discutíamos pretendiendo componer situaciones pasadas como si estuviésemos continuando un diálogo lejano, suspendido en el tiempo, retrospectivo y no presente. Ojalá hubiésemos tenido un intermezzo que aliviara nuestras almas en el medio de los dos matrimonios, un diálogo de suspiros y tensiones que nos preparara para el siguiente acto, pero la vida no es una ópera.
Ahora, cada vez que la mezzosoprano o el tenor se apoderan de la escena los dejamos explotar, aplaudimos entre risas y continuamos con la representación. El amor jamás se ha sometido a las leyes: la prueba es que ninguno de los dos creímos que lo hallaríamos en nuestros cuarentas, estando casados (con otras personas), siendo padres y llevando vidas muy diferentes.
En nuestro segundo matrimonio, tenemos claro que no podemos curarnos las heridas que no nos infligimos el uno al otro pero también que entregándonos con paciencia y amor, podemos ayudarnos a olvidarlas. Todo es diferente la segunda vez.
opera carmen

Alejandra Meza

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