Instrucciones para aguantar a un pesado

En algún momento de la vida todos nos hemos enfrentado a un pesáo. La abrumadora sensación de aburrimiento y frustración por no evitarlo a tiempo te provoca hasta picores en el cuello. Maldices por lo bajo tu mala suerte y empiezas a sufrir movimientos musculares involuntarios. No sabes cómo parar la conversación y estás cabreado por no haberla evitado a tiempo. Y recuerdas, de pronto, por qué no ves a Pepe más a menudo.

Te juras no volver a caer en la trampa y, con el tiempo, consigues recordarlo y dejas de llamarlo. Pero a veces te sonríe la mala suerte y te lo encuentras por la calle. De frente. Esos momentos son los que requieren astucia y rapidez.

Ahí van algunas instrucciones, unas para aguantarlo y otras para evitarlo (parto de la base de que esto último es lo primero que se ha intentado pero, por el motivo que sea, no se ha conseguido).

Mi favorita es bastante drástica pero mantiene un grado impecable de buena educación y es muy eficaz: me encuentro con el pesado —que no me cae mal pero es muy pesado—, así que trato de evitarlo silbando y volviendo la cara hacia un punto al otro lado de la calle. Mantengo allí la mirada con firmeza hasta la tercera vez que el pesado me llama por mi nombre, ya a voces. En ese momento pongo cara de “volver a la realidad”, le miro con extrañeza y, antes de que el pesado pueda abrir la boca, yo me adelanto y le digo, balbuceante: “Perdona, chico, pero me ha destrozado la noticia de que la hija de Pedro, la pequeña, —¡solo tres años, por Dios!— se ha caído de la lancha y la hélice del motor la ha destrozado. Ha sido un horror. Disculpa, Juan, no puedo pararme.”.

El pesado —que se ha quedado tan impactado como tú pretendías— sólo atina a balbucir: “¿De veras? ¡Qué horror!”, mientras intenta recordar quién es Pedro (quien, por supuesto, no existe porque te lo acabas de inventar). Te deja ir sin problema porque los pesados, ante tamañas desgracias, son tan compasivos y empáticos como nosotros.

Otra técnica infalible es hacerte la loca transitoria literalmente: miras al pesado muy fijamente a la cara y repites absolutamente todo lo que dice, con la cabeza ligeramente ladeada hacia el lado que prefieras y sonriendo. Muy pronto, pero muy pronto, llega el momento en que el pesado decide que no quiere saber qué te pasa y se convence de que te ha confundido con la amable y graciosísima Rosa, que hay que ver cómo os parecéis. Se disculpa y, abochornado, se va precipitadamente. Con suerte para él, su siguiente víctima no habrá leído todavía estas instrucciones.

Otra muy buena es precipitarte sobre él en cuanto le ves, disculparte mientras le avasallas,  saludarle con una sonrisa cordial y decirle, con tono de agobio: “¡Ey, hola, Juan! Disculpa, chico, pero veo a mi mujer ahí con cara de ir a patearme los huevos. Habíamos quedado hace media hora y con el frío que hace ¡no quiero pensar en lo que estará planeando hacerme!”. Conseguirás del pesado una sonrisa comprensiva y su apoyo incondicional, en forma de un “¡Corre, amigo, corre!”, seguido de un gesto imperativo de despedida empática.

Para los pesados telefónicos, es mucho más sencillo: contesta una y otra vez, sin dejarte arredrar: “La señola (o el señol)  no está, no telépono, no señola casa, no telépono señola…”.

O te puedes armar de paciencia cristiana y escuchar al pesado. Eso significaría algo parecido a esto:

—¡Hola, Luis! ¿Qué tal todo? —tú, incauto, que no recuerdas vuestro último encuentro.

Él sí lo recuerda e intuye que hay tema. Tantea:

—Bien, pero preocupado por las oposiciones de la niña; se está pegando una paliza a estudiar la pobre… Y, aún así, no tenemos claro que las saque.

—¡Pero si es un hacha tu niña, siempre matrículas de honor! —tú, incauto, dando cancha sin saberlo—. ¿Cómo no las va a sacar, hombre?

—Es que ya sabes que hay que sabérselo todo al pie de la letra. Te puede caer cualquiera de los cien temas y te los tienes que saber todos hasta con puntos y comas… —él, viendo el cielo abierto.

—Sí, es verdad. Dicen que en las oposiciones hay que saberse los temas como el Padrenuestro… —tú, que la acabas de cagar y ya lo intuyes.

Ya recuerdas por qué no le llamas más a menudo. Pero, ahora, ya es tarde. Y él ataca, encantado:

—¡Exacto! Hay que saberse los temas como el Padrenuestro, o sea,  Padrenuestroqueestasen loscielos santificadoseatunombre vengaanosotrosturreino yhágasetuvoluntadasíenlatierra comoenelcielo. Elpannuestrodecadadíadánosloho y perdónanosnuestrasdeudasasícomonosotros perdonamosanuestrosdeudores, y nonosdejescaerenlatentación máslíbranosdelmal.Amén. Así es como hay que sabérselo, Javier; así mismo —te instruye.

Y mientras os despedís, él se pregunta confuso por qué no os veis más a menudo, ¡con lo agradable que eres!

Pesados

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Y tú vuelves a cagarte en diez.

Rosa H. Mula

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