Inmortal – por MARÍA JOSÉ BARROSO

De pequeñas escenas en un gran teatro
se fueron forjando nuestros personajes.
El mío, apocado y breve, aplaudía al verte;
el tuyo, siempre alegre, recibía lisonjas largas,
y así, entre coros y risas falsas,
hallamos la eternidad al fondo
de lo que ocultaba el escenario,
descubrimos lo que no moría
más allá del horizonte azul creado por la tramoya,
disfraces de alma, maquillajes de piel;
todos eran otros,
decorados como tú, pintados como yo,
nadie era el mismo con su voz,
y allí, tras lo que escondía el telón,
el público murmuraba en la platea
y nosotros, inmortales, reescribíamos nuestro guión.

 

Conocemos nuestro papel, lo leemos cada día
tú lo declamas seguro y yo lo imagino, turbio pero feliz,
lo adorno con una carcajada nueva,
lo impulso con un grito desde las entrañas,
y, a veces, lo lavo con restos de lágrimas
que otra actriz dejó, húmedas y calientes,
al sentirse sobre estas tablas.

 

No veremos las butacas vacías,
las escenas se entrelazan sin final,
y así, cuando ya no estemos ni tú ni yo,
alguien seguirá escuchando la soledad
acomodado en un palco o entre bambalinas
temiendo o esperando, tal vez,
que alguien más le represente la vida y le diga
que la comedia la llevamos dentro,
y la tragedia es una mentira más
que nos hace renacer.

 

teatro

 

 

María José Barroso

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