Inaugurando temporada con Mozart (20 octubre 2012)

Anoche a las 22.30 volvía al Auditorio de Madrid como una niña con zapatos nuevos. Silvia Sanz Torre inauguraba temporada con un concierto dedicado a Mozart.

Es la tercera vez que tengo la suerte de verla; su dirección académica y gestual es digna de observar. Con ella, su querida Orquesta Metropolitana de Madrid y el Coro Talía.  En la primera parte se interpreta un concierto para arpa y flauta. Me han dado entrada en la fila 2, asegurándome que me tragaré el arpa. No me importa, dicen que sarna con gusto no pica nada. No obstante, procuro cenar poco.

La familiaridad es un grado y ver aparecer en escena a Silvia Sanz Torre me instala ya una media sonrisa perpetua en el rostro. Saluda al público y perfectamente concentrada da comienzo al concierto. Era la primera vez, confieso, que escuchaba un concierto para arpa y flauta en directo y la sensación me resultó de lo más agradable, he de decir. Efectivamente, tuve el arpa a un metro de distancia. Pero lejos de cenármelo, me pareció un instrumento precioso, con sus cuerdas doradas y granates; elegante, imperial.

El Réquiem de Mozart estaba reservado para la segunda parte. Un cierto nervio me invade cuando veo al Coro Talía colocándose en sus asientos. Busco a Javier entre ellos y me cuesta dar con él. Está en el centro, en el mismo centro del coro. “Tan guapos todos de negro“, pienso.

Se colocan los integrantes de la orquesta y los solistas. La soprano y la mezzosoprano están sentadas a mi altura. Podrían sentir mi aliento si soplara… Comienza el Réquiem y miro hacia Silvia Sanz Torre, para comprobar con asombro que ha vuelto a repetir lo que vi en el primer concierto. Está dirigiendo sin partitura, todo de memoria. En un rápido cálculo, hago recuento del “equipo musical”; junto con el centenar de personas que integran el Coro, los miembros de la orquesta y los solistas, me salen un total aproximado de ciento setenta personas. Dirigir las entradas exactas de cada instrumento y voz de un grupo tan grande me parece impresionante. Pero ahí está ella, tan dispuesta y tan campante, utilizando los ojos, las cejas, la batuta las manos, rodillas y pies para dirigir todo en un absoluto y riguroso orden.

Reconozco que el Coro Talía, que ya es muy mío, se dejó las entrañas y la vocación entonando. No he visto mayor entrega y cariño desinteresado por amor a la música y su difusión. Al terminar, el Auditorio aplaudió a rabiar. No una, sino en cuatro ocasiones. Salían y entraban de la Sala Sinfónica la directora y los cuatro solistas para recibir una nueva ovación, una y otra vez. La soprano, Estefanía Perdomo, de mirada viva y cara amigable, hacía gestos de alegría al Coro en cada entrada. La cuarta vez que pudo verles al entrar les hizo un gesto elocuente y dijo algo con mucho entusiasmo parecido a “¡Lo habéis hecho pelotudo!“. Por supuesto, la mayor ovación fue para el Coro. Es un hecho indiscutible, no cayó el Auditorio abajo de milagro. Me encantan los equipos, máxime si están bien dirigidos.

Entre tanto, Silvia Sanz Torre se inclinaba en señal de agradecimiento ante el público, seria y agotada. Hasta que topó con mi mirada. Amplié mi sonrisa y no tuvo más remedio que sonreírme. El reconocimiento de los aplausos junto con mi entusiasmo fueron irresistibles. Y bien guapa que es la Directora cuando sonríe. Sabed que está muy orgullosa de ser una #DirectoraTaliana, que yo lo sé. 

Elena Silvela

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