Ignorados – por M. J. BARROSO

Una bocanada de aire helado le congeló el gesto cuando abrió la ventana y la vio, un día más, sentada en aquel banco del parque. Bajo una lluvia de hojas, volando indecisas, ella permanecía inmutable, con la mirada fija en la ventana por la que él había asomado. Hoy su figura serena temblaba ligeramente, quizá por el frío, tal vez por cansancio, o puede que por la impotencia de un afán inútil. Se apartó y maldijo entre dientes. No se atrevía a librarse de aquella presencia que le esperaba todavía y le recordaba cada día lo aburrido que era pensar en lo que ya no quería revivir. Intentó reunir el valor suficiente para acercarse a ella, enfrentar sus dudas y sus lágrimas, poner un punto y final, negro, tajante y grueso, y romper la página de una historia que no quería leer más, porque esperaba otra mejor. Qué difícil es elegir las palabras, y más decirlas en voz alta, y más si intuimos la reacción, y más si sabemos que provocarán dolor. No hay más.

Bajó a la calle, sin disimular ante ella, levantando la cabeza por encima del cuello de la cazadora, y caminó por la calle, húmeda por la fina lluvia que comenzaba a caer, ignorando al vecino que le pedía favores absurdos y se los devolvía con interminables charlas de escalera. Caminó deprisa, decidido a no dejar pasar otro día sin localizar al amigo de la infancia que le había prometido muchas veces el trabajo de su vida. Tenía fe ciega en esa amistad que se había forjado en tardes de juegos y en proyectos comunes durante la madurez. El teléfono no sonaba, así que se sentó frente a un café a esperar que saliera de la oficina. Le vio tras la lujosa puerta giratoria cuatro horas después, con su elegante abrigo de paño negro, elegante y triunfal. Le bastó una mirada para saber que no podría caminar junto a él: tenía la chispa de cobardía reflejada en sus ojos, idéntica a la suya. Le siguió en su huida para lanzarle el ¿por qué?que le quemaba en la garganta, hasta que vio la figura de su amigo avanzando por la avenida. Si no miraba, no existiría. No sería real otro dolor. No hay valor para más.

Desde la lejanía de una distancia insalvable, derrotado, observó a su amigo mirar fijamente el móvil. Parecía repetir la misma llamada, una y otra vez, sin que nadie le contestara; tecleaba el mismo número, detenido bajo la lluvia, inquieto e impaciente, obsesionado en una espera estéril. Volvió la espalda y sus pies le arrastraron hacia el camino conocido, el familiar, hasta la protección de su soledad que nunca le negaba cobijo. Pero antes de llegar a casa, el sonido de otro teléfono interrumpió sus pensamientos.

Frente al portal, el banco del parque, ahora vacío y solo, ya sin ella, relucía con la lluvia. Y sobre su madera resbaladiza, resonaba una musiquita repetitiva e insistente. Y en la pantalla del móvil abandonado brillaba el nombre, elegante y señorial, del amigo de su infancia. Después sonó el aviso de un mensaje, y otra nueva llamada, sin parar.

Y sin querer mirar sus propios mensajes ignorados, con miedo a su nueva historia, recordó, a su pesar, que vivir era esperar la respuesta que negamos a otros. Y sin valor para reconocerlo, supo que vivir era una llamada constante que suena incansable hasta que otra llega a ocupar su lugar ignorado.

banco 3

María José Barroso

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