Huyendo, por ELENA SILVELA #misescritos

Para salir del caos hacia la luz hubo de hacer promesa solemne de no volver a confiar en la oscuridad.

Reptó por el angosto pasillo del sótano. Sin mirar atrás. Escuchaba el crepitar de las ratas que caían a compás engullidas por las llamas, chillidos infames cada vez más agudos trepanaban sus pensamientos. Sin piedad.

Huir era su misión. Su meta. Luego ya vería la manera de recomponerse. Bajó por la escalerilla de acceso a la planta de las habitaciones. Palpaba primero con las manos el estado del siguiente peldaño. No había luna en el exterior y todas las cortinas estaban echadas. La oscuridad era tan profunda que hubiera podido cortarse con cuchillo. Ahora no se oía más ruido que el de sus pisadas sobre la madera centenaria. Decidió encender la linterna. Fuera o no seguro, no conocía tan bien la casa como para pasear por ella a ciegas.

El pasillo se iluminó bajo el haz de luz, tenebroso. Los muebles que una vez conoció ya no estaban. No quedaban cuadros, ni lámparas; el vacío hacía juego con la situación. Descendió a la planta baja. Ni un ruido, salvo el crujir de la tarima. Giró la linterna hacia el salón. No era curiosidad, sino precaución. Quería los sustos imprescindibles. Se asustó al topar con el piano en mitad del salón, tapado por una simple y enorme sábana blanca. Solo. Abandonado a su suerte. Como ella.

Pronto alejó los pensamientos de compasión. Tres años aislada del mundo en aquel desván eran más que suficientes. Abrió la puerta principal. Respiró profundamente, aire puro, olor a hierba. Comenzó a caminar, atravesó la oscuridad de una noche cualquiera. Sola. Sin miedo. Nadie vendría ya a encerrarla de nuevo, de eso estaba segura. El bosque, de noche, algunas veces no es siniestro.

 

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Elena Silvela

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