Historia de un zaguán sin luz – por C. SANZ DE BREMOND

Buscar la llave me hace perder un buen rato (tengo tantas que en los momentos de mayor aburrimiento las saco del cordel y las clasifico según forma, tamaño o número de dientes). Mientras, el sol es más horno que nunca y desde la ventana del primer piso una canción de Shakira me descompone los oídos. Entro en el zaguán, paraíso polar embriagante, canturreando “bruta, ciega, sordomuda, nosecuanto, testaruda…” y cuco los ojos para que se adapten a la penumbra. Compruebo que es una estupidez. Como estúpido es el estribillo que sigo repitiendo y que ahora me llega por el hueco de la escalera. También compruebo que tras apretar varias veces el interruptor hasta casi dejarlo incrustado, la luz no funciona. “Bruta, ciega, sordomuda, nosecuanto, testaruda…”. Doy un par de pasos y el portalón se cierra de golpe. “Bruta, ciega, sordomuda, nosecuanto, testaruda…”. Retrocedo. “Bruta…”. Piso algo…

Un “ay” al estilo Shakira, aunque algo distorsionado, de la vecinita del quinto piso me deja más helado que los aires polares del zaguán. Me disculpo y a tientas logró pellizcar, con todo el cariño del mundo, la nariz de la muchacha. Luego saco el Zippo del bolsillo de mi cazadora, hago girar la rueda e iluminó un rostro angelical. La llamarada del mechero provoca un baile de sombras en una de las paredes de piedra. Ángeles revoloteando.

-Nena, hoy te veo muy guapa. Pero guapa, guapa. Tienes un no sé qué… ¿Te has hecho algo? –le digo desapasionadamente, al tiempo que Shakira desbarra por el hueco de la escalera: “ojerosa, flaca, fea, desgreñada…”.

-Macaban de quitad dod muedad.

Cierro el mechero.

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Consuelo Sanz de Bremond

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