Hasta siempre, por RAFAEL DE LA TORRE

He vuelto a beber, hacía más de treinta años que había abandonado  el alcohol y hace una semana no pude más. Recuerdo como si fuera ayer la última botella de mi vida anterior en un hotel de Budapest. En el mundo del ajedrez estás en la élite o es complejo sobrevivir, yo era un prometedor jugador y me había impuesto un nivel mínimo a superar para continuar con mi carrera como profesional. No lo alcancé y abandoné los tableros al resultar eliminado — pasaban los dos primeros y acabé empatado en los puestos  tercero al quinto tras mi derrota contra Oleg Trigov— en la clasificación para el campeonato de Europa.

Cobré el talón y contraté a una joven, creo que se llamaba Natasha como la mayoría de las chicas con las que me entretenía para celebrar victorias u olvidar derrotas en los torneos de los países del Este, quien me  ayudó  a borrar las penas, beber el caudal del Danubio en vodka y  destrozar el mobiliario de la pensión en donde me hallaba hospedado. El dueño del antro aceptó como indemnización mi premio y mis excusas, sospecho que las explicaciones en inglés le dieron lo mismo pero el importe resultó suficiente para renovar aquella casa de huéspedes de arriba abajo, incluida una necesaria mano de pintura. Al menos no presentó denuncia. Había tocado fondo.

A la vuelta a Madrid me esperaban mis padres y un período en la sierra en un centro de desintoxicación. Ya había gastado hasta el último duro y ellos pagaron mis seis meses de sudores, de sufrimientos, peleas primero con otros y luego conmigo, de hastío y frustración… y el final de esperanza.

Poco recuerdo de aquel lugar, noches bajo las estrellas —había que levantarse a las siete pero podías acostarte cuando quisieras—, algún partido de fútbol de la selección en el televisor del salón, paseos en grupo a buen ritmo, los olores de los árboles, los trinos, lectura, sobre todo Carver y su realismo sucio, cigarrillos en compañía de otro tipos  igual de colgados que yo y de quienes sólo recuerdo sus motes — “el tirillas”, “el temblores”— pero no sus nombres. También meditación, mucha meditación

Vencí a mi lado oscuro y comencé, ocultando al mundo mi adicción superada,  a trabajar en una consultora. Ganaba la mitad que cuando jugaba al ajedrez y permanecía mil horas al día frente a una pantalla de ordenador pero valía la pena. Ascendí una, otra vez, y cambié a un banco para vivir mejor,  me casé, tuve tres hijos y después, hace cinco años y gracias a la crisis, me pusieron de patitas en la calle. Desde entonces he intentado de todo y nada he conseguido salvo escribir una columna semanal en una revista y un libro que los pocos quienes lo han leído recomiendan.

Abandono. He llamado a todas las puertas, la mitad no tienen timbre y en las otras están sordos. Eres viejo para empezar, nadie te conoce para seguir. Adiós. Me siento como una vieja que grita y amenaza impotente con su bastón al conductor del autobús que no se ha detenido en su parada. Me han olvidado.

Cualquier día mi mujer encontrará restos de alguna botella fuera del sitio habitual. Entonces, cuando Elsa lo sepa, empezará el calvario de nuevo. Ignoro si se mantiene la institución del doctor, la de la sierra. No recuerdo el nombre y ni me atrevo a buscarlo en internet. Seguramente no me admitan por viejo, qué alivio. Por si estuviera  equivocado y aún no fuera un caso perdido he dejado relatos preparados para las próximas semanas. Después… quien sabe, podrán leer otras cosas o a otros autores. Ustedes ni se enterarán de mi ausencia. ¿Habrán vuelto “el tirillas” y “el temblores” a la residencia? ¿Seguirán vivos? ¿Tendrán trabajo?   Brindaré por ellos.

No hay nadie en casa. Me sirvo una copa y enciendo la televisión. A la salud de mis amigos. Encojo los hombros y brindo a la pantalla. Qué bien huele esta botella, qué tacto tan agradable, qué sabor, jamás había probado el anís hasta ahora. Cuánto tiempo perdido. El paro ha disminuido, entona la presentadora, una rubia que se parece a… ¿cómo se llamaba la de Budapest?  Elevo mi copa por la rubia y por… el ruso que me ganó en la última ronda, ¿Traguitín? Otro traguito. Y por los amigos tri… tirillas y el otro, como coño se llamara. Y por el desempleo, eso también. Me olvidé de sellar mi cartilla, un parado menos. Y por los camareros contratados para el verano. Vaso en alto y enhorabuena a todos ellos. Un trago más, un problema menos. Alguien podrá ponerme otra copa cuando me tiemble el pulso y no sea capaz de mantener el equilibrio.

 

BOTELLAS

Rafael de la Torre

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