Hambre – por ELENA SILVELA #misescritos

Podría decirse: una mierda de día.

Ha comprado tres croissants integrales, pensando que con el primero bastaría. Media hora después, quedan unas simples migas sobre la encimera de la cocina. También ha abierto el chocolate con sal, ese que se había jurado reservar para invitados. Cuatro onzas. Y la barra de pan. Un bocadillo considerable bien untado con paté y queso. En total, una hora y media de vida, a camino entre la merienda y la cena.

Con gusto hubiera tomado el tentempié ideal de su juventud, una mezcla gigante de cola-cao con un litro de leche y una tira completa de galletas María derretidas en la sopa dulce, tomado a grandes cucharadas. Las galletas María, nunca han fabricado unas tan reconfortantes. Esos ingredientes hace tiempo que no habitan en su cocina.

No es sólo ese agujero abismal de una nada insoportable, más negro que todos los negros jamás visto; es la rabia que no se apaga. Ira. Ira por la incomprensión. Ira contra el mundo. Una sed de justicia para la que no hay agua en el mundo. El vacío que no termina. El cariño que no existe. Las ganas de reprenderse a uno mismo por sentir rabia e ira. Y miedo. Y soledad. Y angustia.

Ganas de castigarse por no haber alcanzado una vida de éxito. Por no tener un cuerpo decente. ¿Qué es “decente”? No lo sabe, pero le da igual. Mejor machacarse que reconocer el dolor. Porque llamarse tonta no le alcanza. Hay que acabar con una misma.

No es hambre. Pero sí es hambre. Un hambre gigante.

 

 

 

Elena Silvela

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