Hacia el sur – por LOLA SÁNCHEZ LÁZARO

La travesía continuaba. Era necesario seguir adentrándose en el sur. El invierno abría sus fauces ante aquella expedición que persistía en la búsqueda del paso, regalándoles apenas seis horas de luz aderezadas con fuertes vientos y temperaturas cada vez más frías. La Santiago, la carabela más ágil, partió con la misión de explorar la zona, de realizar el sueño que todos perseguían, ese sueño que les mostraría el camino que conectaba los dos océanos.

Sueño rápidamente convertido en pesadilla; la Santiago encalló, se escucharon los primeros estertores, su muerte no tardó en llegar. La tripulación quedó a expensas de lo que una tierra ignota les ofrecía; el ambiente cada vez más helador y la incertidumbre de su situación les empujó a buscar a los compañeros que quedaron en el puerto de San Julián. Con los restos de la carabela  fabricaron una pequeña balsa  que les serviría para recuperar  las provisiones y útiles que a aquella ya no le valdrían.  Dos marineros harían el camino a pie, Magallanes tenía que saber qué había ocurrido.  Los  náufragos arribaron al lugar deseado después de  once días a través de una costa salpicada de acantilados y fracturada por barrancos, con dificultades extremas para orientarse, el frío azotando sus cuerpos, sus almas casi resquebrajadas como el calzado que portaban.

Magallanes recibió a sus hombres, la expedición de socorro a los que habían permanecido junto a la tumba de la Santiago  se hizo esperar durante dos meses, tras los cuales, fueron recogidos. Rostros desencajados observaron cabizbajos los restos de su hogar, se despidieron de ella salvando todo lo que pudieron de su interior. Miradas rezumando miedo, incertidumbres lapidando el alma, temor en las entrañas, frío en el cuerpo y en el corazón.  

La travesía continuaba.

 

magallanes

Lola Sánchez Lázaro

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