Guerra de palabras, por MARÍA JOSÉ BARROSO #escritos

Acababa de leer un certero artículo de Arturo Pérez Reverte sobre el acoso escolar, cuando unas voces desde la ventana atrajeron mi atención. Me acerqué a curiosear tras el cristal, mientras rememoraba la brutalidad del caso que contaba Pérez Reverte, que acabó con el suicidio de una joven maltratada por unas compañeras, harta de dolor y vergüenza, vejada, humillada y vencida a los pocos años de haber vivido.

A través de la ventana vi a una treintena de chicos y chicas de pie, arremolinados en corro, junto a un banco del parque. Ninguno parecía apreciar el sol que caldeaba el mediodía, ni querer aprovechar el recreo del instituto. Se les intuía excitados e inquietos, y el eco de sus gritos traspasaba los cristales. Permanecieron apiñados un buen rato, como dirimiendo una cuestión crucial, entre empujones y palmadas en la espalda, hasta que el círculo se abrió y quedaron dos chicos frente a frente. Sudaderas de colores, vaqueros ajustadísimos y zapatillas relucientes. El rostro de ambos serio y concentrado. Se hizo el silencio casi total en el parque. Algún impaciente incitaba a los rivales a “dar caña”. Otros le chistaban para que reinara el silencio de una vez.

Abrí la ventana de par en par, asustada, lo confieso. Es más, cogí el teléfono con aprensión y lo apreté fuerte, con la previsión de llamar inmediatamente a la policía si presenciaba alguna agresión entre los dos contrincantes. Mi recelo era inevitable y mi temor aún mayor. Por mi cabeza desfilaron imágenes de peleas, patadas, sangre y vidas rotas. Todas pasando demasiado a menudo por los informativos y tristemente ignoradas al día siguiente, cuando se calma el primer impacto y se acallan las voces de las víctimas. Temblé de temor y expectación…

Hasta que les escuché cantar… O entonar, o rimar. O dicho con propiedad: les oí rapear. El chico de la izquierda enlazó seis versos con cierto arte y fue jaleado entre aplausos. El de la derecha le respondió a su vez con rimas apresuradas y palabras a trompicones. Carcajadas y más aplausos. Sonreí intentando captar alguno de los versos que entonaban por turnos, pero apenas pude rescatar palabras como: profesor, mejor, alianza, confianza, mensaje, homenaje, amigo… Los presentes gritaban: “rápido, vamos, otro tema”. Y sonreí de nuevo.

La “guerra” de raperos improvisados acabó con el timbre lejano del instituto. De vuelta a las clases, el corro se disolvió animadamente con más empujones y palmadas felicitando a los “guerreros”.

No sé quién ganó. Pero creo que ganaron los dos que jugaron con palabras, los que pelearon inventando poesía, los que corearon versos e imaginación. Y a mí me hicieron ganar un instante de fe. La juventud es esperanza, dicen… De ellos hay que esperar que sepan elegir las palabras para escribir el futuro. Y ninguna sea odio, dolor o muerte.

 

jovenes

María José Barroso

María José Barroso Ha publicado 60 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *