Gualberto Ramírez (IV) – por DANIEL CARAVELLA

En los días de mercado se engalanaba con su liqui liqui. y se pavoneaba paseando entre los puestos. Era gustoso de recibir galanterías de todos los asistentes, y les devolvía los elogios con una amplia sonrisa. Uno de los puestos que más le gustaba era el de la dibujante de pájaros milenarios. Aquella mujer lo tenía electrizó, eso y la maestría con la que hacía aquellos dibujos. Era mujer lozana y de gran belleza, mezcla de fuerza y ternura, pero que no permitía que alguien se le encaramara por encima con el ánimo de sacar partida de su bondad. El nunca se atrevió a hablar, simplemente contemplaba su magia, a la par que susurraba entre diente algo que no podía evitar.

Gallardo ha de ser el jinete,
poderosa su armadura
más si no tiene ternura
lo descabalgará de su montura.

Cómo no sucumbir a Scatha
Diosa de tal fortuna.
Yo le regalaría la luna,
pero tengo sólo albahaca.

Si he de morir,
un deseo.
Que me lleves en tu alado
y me despidas con un beso.

Y si algún día la pena
o por pura necesidad
quisieras tus labios saciar
déjame que con mis versos
yo te los puedan robar.

La joven lo observaba, y comprobó que al tiempo que miraba los dibujos, iba recitando. Poco a poco, fue desvelando el conjunto de palabras que mascullaba el Galán, y una mañanita fresca de esas que el relente de la noche se deja sentir aun largo rato por la mañana, en cuanto asomó Gualberto por los postes de su puesto, se levantó, se aproximó y le pidió que le “verseara”, no uno cualquiera, sino ese, ese que cada día de mercado entre dientes sólo él había escuchado.

El Galán palideció e hizo un ademán de marchar, sin embargo, no había faltado jamás a una petición, así que, comenzó silabeando hasta que enganchó de carrerilla y de un tirón “versó” su poema de amor. La joven quedó allí, de pie, esperando, y él la miraba sin comprender a qué esperaba, hasta que ella, tomando la iniciativa le dijo. – “Gualberto, no te quedes ahí parado, yo te prometo que cumpliré el tercer cuarteto, pero ahora me robas lo que pides en el ultimo de tus versos”.

Largo y apasionado fue aquel ósculo, nunca alguien así lo había besado. Más preso quedó el Galán, si más se podía quedar, de aquella muchacha que tras el apasionado le susurró al oído.

No te alejes vida mía
trae para aquí esa albahaca,
que no quiero yo riquezas
ni lunas, ni alharacas.

Y de la mano se fueron radiantes.

Cada uno siguió en sus quehaceres diarios, pero todos los días de mercado, él se acercaba a su puesto, le recitaba un verso y le entregaba un ramito de albahaca, a cambio de sus mágicos besos.

Prolija fue la vida de Gualberto Ramírez, en versos y besos, hasta que unas nuevas fiebres lo volvieron a tumbar. Ahora sus malogrados huesos no lo dejan rondar como antes, y el mellado de su boca regalar besos galantes, pero de cuando en cuando, un pájaro milenario se lo monta al lomo, y lo lleva a recoger ramilletes para repartirlos, de buen grado, entre toda su gente.

 

Daniel Caravella

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