Gualberto Ramírez (III) – por DANIEL CARAVELLA

En las noches de nostalgia profunda, debía estar preparado, pues Dña. Alejandra lo hacía llamar. Él siempre llevaba preparados sus versos, pero ella sólo pretendía sus besos. Así se pasaba las horas, besando a nuestro galán. Desde que muriera su marido, D. Remigio, dicen que lo que más añoraba la viuda era ser besada, y a la vista que nunca encontró un buen hombre decidió que lo mejor era probar aquellos besos tan socorridos por las gentes del pueblo, y de ellos se enamoró. Así pues, cuando la nostalgia y el recuerdo por su marido eran enormes al extremo, hacía llamar a Gualberto, para calmar sus deseos.

Nunca recitó verso alguno a la viuda. Dicen que era tan honda su soledad que necesitaba llenarse de boca toda la noche, y no encontró tiempo para ello. Tal apasionada tristeza hizo que las llamadas de Dña. Alejandra fueran cada vez más continuas, hasta llegar al punto, que nuestro Galán dispuso de un cuarto en la finca para cuando la necesidad apretara, y así ella lo podía tener a su alcance en cualquier momento. De tarde en tarde, Gualberto salía a hurtadillas con el firme propósito de volver a su gente, regalar sus versos y sus ramilletes, sin embargo debía volver presto, pues si era requerido y no lo hallaban, la viuda herraba por el hato gritando su desesperanza.

Una noche de luna clara, cuando estaban en el patio escuchando la voz del becerrero cantando frente al fuego en una noche de San Juan, la viuda se acercó a Gualberto como tantas veces y lo arrastró bajo las sombras del zaguán. Allí mismo comenzó a besarlo con fulgor, mas tal fue la avidez, que se olvidó de respirar y allí mismo quedó fulminada. Gualberto enmudeció, y por más que quisieron convencerlo de que Dña. Alejandra murió por un ataque al corazón y no a causa de su beso, se culpabilizó de lo ocurrido y no quiso saber más ni de flores, ni besos.

Pasó largo tiempo. Cuentan que su compadre Custodio lo visitaba todos los días con el firme propósito de ayudarlo, pero era en vano, por más que lo intentaba, Gualberto mas penaba. Pero he aquí que la providencia es caprichosa y una mañana San Juan, Custodio Moroño se presentó en casa de Gualberto con una tinaja bien grande y casi una ladera de lavanda, se plantó delante de nuestro Galán, y le recitó:

Gualberto Ramírez.
¡Levántese, no me jibe!
Ya sabe por qué está así.
Muchas …
…descuide mucho
y mañana me lo repite
que si en esto no está ducho
“jumeará” a mapurite.

Aquello hizo reaccionar a nuestro Galán, que recordó que lo que hacía, lo hacía por el gusto de apreciar a sus vecinos. La viuda lo estuvo secando por dentro, pues ella lo tomaba sin permiso, como una araña estruja a su víctima. Él no le debía nada. Entonces fue cuando empezó a recitar esos versos que nunca salieron de su boca.

La viuda tiene una pena,
honda pena que sufre,
no la calma la luna,
ni el aguardiente consume.

Honda pena,
que sólo en su pecho consuela,
un manojo de besos
en una noche serena.

Noche serena
y la vida se escapa
la viuda tiene una pena
por un beso de amor, se mata.

De alguna manera, aunque recuperado, Gualberto Ramírez cargó con una pequeña culpa por la muerte de la viuda. Quizá debió recitarle algún verso que le consolara, y no dejarse abandonar en la corriente de los sus caprichos. En cualquier caso, allí que se le volvió a ver con su paltó engalanado repartiendo versos nuevamente y ramilletes de flores para todos los presentes.

 

Daniel Caravella

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