Gualberto Ramírez (I) – por DANIEL CARAVELLA

Gualberto Ramírez era un tipo excepcional, eso sí, enjuto, un suspiro en toda regla. A simple vista se podían contar perfectamente la mayor parte de los huesos de su esqueleto. Acompañaba su famélica figura con unos andares especiales, o como diría mi madre, “Andares de Chancho. Parecía que a cada paso, las cabezas del fémur se le fueran a desencajar a la par que las rodillas. Su tez era negra como el carbón y arrugada como si de una ciruela pasa se tratara. El mellado de su boca completaba el esperpento de un personaje que en otros tiempos, había sido “el Galán”, y dicho sea de paso, con una enorme aceptación entre todas las personas a las que brindaba sus servicios.

Cuentan que Gualberto, hijo menor de una saga de quince hermanos de una familia acomodada, había sufrido unas fiebres muy altas que afectaron y nublaron parte de su comprensión, sin embargo poseía una capacidad enorme para “versar” y un gusto exquisito por el arte floral. Desde su mocedad y hasta más que cumplida su madurez, el Galán Floreado, fue arreglando más de un corazón atormentado, penas matutinas, o simplemente endulzando las vidas del pueblo entre versos y flores.
Todas las mañanas Gualberto se levantaba bien temprano en busca de las más variadas flores, para confeccionar diversos ramilletes, que iba depositando en los corazones de sus vecinos.

Que una muchacha lloraba desconsolada al abrigo de un Araguaney, el se acercaba pausado con un ramillete de margaritas, y le entonaba su verso.

De qué te sirvió deshojar
esta tan linda flor,
si ese por quién ahora lloras
no supo ver en ti
a un manojo de rosas.

No broten más
lágrimas de congoja.
Un príncipe vendrá por ti
y nunca más llorarás
mi niña bella y hermosa.

En aquellas ocasiones en las que en el Corral de Facundo, la gallera la montaban dos palos de hombre, allí que se llegaba Gualberto con aromas de Romero, que dicen que calman dolores sean de huesos o de cuernos, y mediaba entre ellos.

Haya paz en la Gallera
este es el Corral de Facundo,
Si quieren juéguense el mundo
pero no me monten un tumulto.

Dejen que hablen los gallos
dejen que ellos se zumben
y ustedes saquen los fajos
antes que el aguardiente los tumbe.

Y si quieren pelear les invito
a que lo hagan a verso vivo,
y a quién le apriete una buena tunda,
que me canten un Zumba que Zumba.

Cuelguen de la percha el machete
y con él sus atributos,
que este es el corral de Facundo
y hay sitio para todo el mundo.

No había quién en una Gallera se le pusiera altanero. Era bien apreciado, y raro resultaba si todos los que allí estaban, no le brindaban un abrazo, incluso hasta con un beso, que siempre aceptó de buen grado, aunque siempre supo que aquellos se debían más al aguardiente, que a una pasión inherente.

 

Daniel Caravella

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