Gestiones y los celos, por PEDRO PABLO MIRALLES #relatos

Luis había quedado a las 12 del mediodía con Paulina, a la que recogería en su casa, pero puntualmente, no como tantas veces con media hora o tres cuartos de retraso. Ese día habían acordado ir a comer al restaurante “La Parodia”, al que hacía tanto tiempo no iban y conocían bien al dueño. Después, a la tarde, irían al cine, al teatro o simplemente a dar un paseo por el parque, que en esa época del año estaría precioso.

Esa mañana tenía que hacer a primera hora una gestión familiar burocrática inexcusable, vencía un plazo. Odiaba la burocracia. Le espantaba utilizar el coche en ciudad y procuraba hacerlo cuanto menos mejor, no tanto por eso de la contaminación y la ecología sino por higiene mental. Salió con tiempo de sobra a las 08:15, llegó a la parada del metro, escaleras interminables hasta la estación. Dos cambios de línea, trayecto que se le hacía infinito y que cada minuto le trastornaba más. No era hora punta ni había mucha gente. Le acosaban y agredían los teléfonos móviles y las dichosas redes sociales que utilizaban constantemente casi todos los viajeros sin la más mínima discreción y algunos con ostentación evidente como para que se les escuchase bien. En cincuenta y cinco minutos llegó a la estación de destino. Más escaleras, ascensor a la superficie y en la calle invasión de vehículos por todas partes, ruido que le aturdía. Veinte minutos andando y llegó al edificio oficial, cogió número y tuvo que esperar media horita larga. En cosa de un cuarto de hora logró resolver, aunque a medias, el trámite dichoso. Todo un alivio porque al menos el plazo no venció y se suspendía por veinte días. Sus hermanos y su madre ya podían quedar contentos. Había cumplido con el encargo familiar.

De nuevo al metro e igual recorrido de vuelta pero, por la hora, andando deprisa y a veces corriendo, tenía la cita a las 12 en punto. Llegó a casa de Paulina pasadas las 12:30, aturdido, cansado y agobiado. Jadeante, apretó el timbre del telefonillo en el portal de entrada a la casa y nada. Insistió varias veces y nadie le abrió la puerta ni contestó por el audífono.

Cogió el móvil y marcó el número, que de inmediato contestó y, sin posibilidad alguna de mediar palabra, tuvo que escuchar la siguiente frase de Paulina: “Que tal Luis, habíamos quedado a las 12 del mediodía en punto, son casi la una de la tarde. No hace falta que me des explicaciones, ni que me hables de tu familia y los trámites burocráticos tan importantes que tenías entre manos. Es la enésima vez que me das plantón y ¿sabes lo que te digo?, que ésta ha sido la última. Pásalo bien con Gestiones y no me vuelvas a llamar”. Terminada la frase la comunicación se cortó.

Luis intentó contactar con ella por teléfono varias veces ese día, al siguiente y al otro, siempre un mensaje grabado respondía con la voz de Paulina: “No insistas Luis, te deseo lo mejor con Gestiones y habrás comprobado que no me puedes dejar mensajes ni en el móvil, ni en casa ni un ninguna parte. Por favor, no vuelvas a llamarme”.

 

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Pedro Pablo Miralles

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