Galicia caníbal

Mis últimos días en Galicia han resultado dolorosos. Una faringitis me llevó a urgencias del ambulatorio de la Puebla de Caramiñal (A Pobra do Caramiñal). La doctora Maroto me atendió con el desapego con el que tratan a los veraneantes en los servicios de urgencias: usurpadores de los derechos de los nativos de A Pobra que, como consecuencia de mi visita, tendrán que padecer una espera más larga. A sus órdenes saco la lengua e introduce en mi boca una paleta de madera para observar mi yo más profundo. “¡Aarrrgh -exclama- lo que tienes ahí!”

 

Espectacular raya en la lonja de Ribeira

 

Me siento cohibido ante su afirmación y cierro la boca instintivamente, por pudor. “¿Qué habrá visto? -me pregunto”. Siento pánico ante la posibilidad de que haya descubierto mi secreta afición por el Sumo japonés o por los mantelitos de crochet que abundan en las casas gallegas bajo los jarrones. La doctora Maroto baja las gafitas hasta la punta de la nariz y me engatusa con la mirada, dulce y curiosa. “Tiene usted una faringitis de las de alta mar, como las que pillaba Joselito, el de la canción de Kiko Veneno. ¿Recuerda la letra?”. Al alimón, la doctora y yo cantamos la estrofa:

“En el tubo traqueado el salitre le ha dejado un rumor de alta mar”

“Doctora Maroto, yo quería decirle que me recetara unos Lexatines porque precisamente tenía pensado dejar de fumar. En mi particular partida de ajedrez contra la nicotina, la peor jugada es la del mono cabrón que me pone de muy mala leche”.

La doctora me mira con cara de sorpresa y niega con la cabeza. “Para eso hace falta un informe de su médico y no lo tengo”. Comienza con las recetas: Algidol para la faringitis, Ibuprofeno en polvo para el dolor, Betadyne líquido para gárgaras. Levanta la mirada y con un gesto de complicidad me indica que está incluyendo también el Lexatin. Yo le aseguro que no soy adicto a los tranquilizantes y me ruborizo; siempre es lo mismo.

El diagnóstico de la doctora Maroto es muy a lo House: probablemente una espina de pescado se clavó en la garganta y ha producido una infección. Le confieso que cené una raya espectacular en A de Rosa el martes y la doctora Maroto da un brinco de alegría. “Lo sabía, la raya de Rosa es la mejor de la Ría, pero también la que más pacientes me ha traído a la consulta”. Saltamos juntos y giramos varias veces en su despacho tarareando “Joselito”:

“¡Ay, Joselito! Yo soy Joselito, el de la voz de oro

Que de puerto en puerto voy dejando mi cuplé

Siete novias tuve más novias que un moro

Me salieron malas y a las siete abandoné”.

Nos despedimos y me propone quedar para tomar unos vinos en la zona del puerto esa misma noche. Aduzco motivos de salud, pero ella ve en mi mirada que soy padre de familia y que hay unos compromisos en la vida que están por encima de unos momentos de afinidad matinal en una consulta de urgencias.

Antonio Babío

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