Furia – por MARÍA JOSÉ BARROSO

Avanza entre el ruido y la prisa, camina con él, la lleva dentro. Su furia es sorda y ciega, pero grita alto cuando los ve ante sus ojos. A todas horas, de la mañana a la noche, consume sus horas paradas, inútiles, indignas, frente a ellos, mientras desayuna, come, cena, los ve en la televisión, los escucha en la radio, los lee en el periódico. Los mismos nombres, las mismas caras, les ve más canas y más arrugas, envejecidos como él, van y vienen, algunos a veces desaparecen y otros llegan. Y ahora son más. En los últimos meses, otros nuevos se asoman al espectáculo, dando codazos impúdicos a los que guardaban su sitio con esfuerzo, dinero y mentiras. Gestos, muecas, voces. A todos les grita impotente su rabia, traidores contra una víctima anónima. Él que trabajó con honradez toda su vida. Ahora conspiran para hundirle la vida que se desmorona bajo sus pies. Se aprietan juntos en el pequeño recuadro del televisor, hormigas apiñadas que desfilan por la pantalla, sanguijuelas que chupan share y fama a su costaLes grita que les odia, a todos por igual, no le importa si ella es una sexagenaria, si el otro es guapo, si el mandamás sale en plasma o si aquel se corta la coleta.

La furia se extiende y el odio recorre con él otros rostros, grita solo, insulta a la presentadora de voz modulada que interrumpe para la publicidad y al tertuliano que se recuesta sobre la silla con la prepotencia del sabio en posesión de la verdad. No le escuchan, ninguno les oye. Se viste de ira y se cubre de cólera la piel de cada día. Son compañeras de su furia también en la calle, hacia el metro, frente a los escaparates, dentro del supermercado, en la sala de espera del médico, sobre la cama y ante la nada de cada día. Otros la sienten igual, van vestidos con las mismas ropas, pero también callan. Si pasaran de los gritos a los hechos, la furia mataría.

Eres un cobarde, le dice su conciencia. El miedo es el ancla y el impulso que frena, la garantía de supervivencia. Aprieta los puños y la furia se aplaca. No es cierto, no es así como hay que hacerlo, responde a su impotencia. Grita más y la furia se va, un instante, desaparece, y respira. La furia se esconde tras el grito y se oculta bajo el insulto. Juega y le engaña, le miente y se ríe, mientras le quema por dentro, hasta que, de nuevo, se apaga. La furia se aplaca a la luz del sol, con aquella sonrisa, bajo una caricia radiante. Es una tregua fugaz. La furia volverá como ellos, como ese, aquel y el de la coleta. Pero volverá también la razón. Lo sabe, en algún instante. Volverán la razón y la cordura para darles un codazo de papel a todos, -a ese, a aquel y al de la coleta-, para hacerse un hueco en paz, para encontrar un sitio y vivir a pesar de todos ellos.

2014-07-30 19.09.44

María José Barroso

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