Frente a un folio en blanco

Me siento en el despacho, frente al maldito folio en blanco. Con el firme propósito de no permitir a mi cuerpo levantarse de la silla hasta no dar con alguna insurrecta ráfaga de inspiración novelística. Aprieto los puños. Cierro los ojos. Suspiro. Dejo a la mente en libertad. Siempre me ha funcionado hasta ahora. Inspiro. Expiro. Varias veces. Lentamente. Dejo la mirada fija en un punto. Como si fuera yogui experimentada.

Lamentable. Mierda. No viene. La muy puta no viene. Perdona, querido lector, por el improperio. Viene muy al caso. La inspiración tiene nombre de mujer. Pérfida y resabiada. No le cuesta nada venir al auxilio de uno, lo sé de buena tinta. Meter en dedo en el ojo de quien le aclama es uno de sus hobbies favoritos. Se recrea, a lo lejos, de la desesperación del pobre imberbe afanado en vano por sorber el jugo de sus últimas gotas de pensamiento.

Quizá no haya inspiración. Quizá no haya hueco para ella. Una mente repleta de preocupaciones, futuras acciones, posibilidades, oportunidades y fracasos estrepitosos no puede tener más sitio. It’s a matter of room, my friend.

Mientras divago en asuntos impropios del folio en blanco, un duendecillo se posa en la esquina de la mesa. Digo bien cuando relato que se posa. Ha llegado volando, propulsado por dos alas que se quita de la espalda como si de una mochila se tratara.

“Imbécil.” -me dice con mirada sorprendentemente dulce- “No has llegado a comprender. Como tantos otros. Empeñados en escribir sobre lo ajeno, haciendo de ello una obra grandiosa, os perdéis lo mejor. Te lo veo en los ojos. Ni idea de lo que hablo.”

Tiene razón, mis ojos reflejan absoluto asombro y no han parpadeo desde la llegada por aire de mi insólito visitante. Éste se sienta sobre el lapicero, haciéndose hueco entre mis sagrados rotuladores Pilot azules.

“Si escribieras -continuó- sobre lo tuyo, lo que sientes o lo que piensas, lo que grítarías con gusto al mundo, sería infinitamente más sencillo. Si se tratara de un escenario imaginario, habrías de relatar la historia en la que te gustaría participar. Imaginar es gratuito, por supuesto, pero hay que hacerlo para uno mismo. Inventar la gran historia en que uno no es siquiera actor secundario se parece mucho a la inutilidad de darse cabezazos contra la pared. Los aires de grandeza de un escritor se vislumbran a través de esa fina línea entre las palabras que salen de las entrañas y aquellas otras que se fuerzan para gran aclamación del público. Son estas últimas las abocadas a un fracaso, pues las frases tienen vida entre sus líneas y los lectores poseen un aprendizaje incalculable para distinguir una historia apasionante de una pomposidad con aires de superioridad.”

Dicho esto, el duende alado se baja del lapicero con un salto limpio, recoloca la mochila a su espalda con meticulosidad, se inclina ante mí en reverencia e inicia su vuelo hasta desaparecer por la esquina de la ventana. Mis ojos permanecen absortos en el hueco del lapicero. De uno de mis venerados Pilot cuelga ahora una pequeña bandera que reza: “Escribe como si fueras tú mismo.”

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Elena Silvela

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