Fobias – por PILAR RUBIO

“¡Hay que joderse, lo que somos capaces de hacer por un pavo!”, pensaba Carmen embutida en un traje de neopreno, temblando y sudando frío, esperando en el borde de la puñetera barca para arrojarse de espaldas a aquella superficie de agua de color acero.

Lo que más la agobiaba era la duda de si sería capaz de respirar por la boquilla que conectaba a las bombonas, ……….bueno, también el encontrarse sóla allá abajo, ……la falta de luz, ……….la sensación de encierro, …………aquellas sombras que se intuían pasando bajo el agua…….

“Oye, seguro que aquí no hay tiburones, ¿verdad?” La respuesta no fue la que ella esperaba. “Mujer, seguro seguro no hay nada, pero no suele haber”. “Si salgo de esta me abofeteo por imbécil” se amenazó en voz baja.

Sus amigos habían mostrado algunas dudas sobre la idoneidad de aquella elección: “¿Tú estás convencida de que puedes hacer esto del buceo con tus ataques? Que todavía  te dan crisis de pánico en el Metro, Carmen, que esto es serio……”

Al final, desoyendo cualquier clase de consejo, ella allí estaba, equipada de los pies a la cabeza para hundirse en aquel mar lleno de cosas indeterminadas. Y todo por amor.

Hacía mucho calor aquella tarde. Desde la barca, la costa de la isla se veía como una sucesión de  acantilados de piedra negra, cortados a pico, que se abrían hacia arriba en barrancos profundos, bordeados por pinos y monte bajo, donde los gavilanes oteaban ratones y lagartos. Aunque el sol estaba aún alto, derramaba ya el color dorado de los atardeceres de verano. Pensó que en otro momento esto habría sido un buen comienzo de uno de sus artículos sobre viajes, pero su situación actual le impedía seguir desarrollando la descripción poética. En un gesto decidido, con aire de heroína, se ajustó las gafas, intentó inutilmente taparse la nariz y con una inspiración profunda se tiró de la barca.

Mes y medio después, entre las nubes que producía en su consciencia el Orfidal que había tomado para el vuelo de vuelta, recordaría aquella primera inmersión, sus temblores, y por encima de todo, la avasalladora sensación de libertad al saberse capaz de dominar uno sólo de sus miedos. Como siempre, el resto de los viajeros había recuperado su equipaje, y ella esperando su maleta remolona, seguía sonriendo para sí y recordando la desmedida belleza de aquel mar, de su fondo, de las algas y hasta de las sombras que veía  pasar desde la barca. ¿Qué pensaría Fernando ahora de ella? Quizá podría ir con él a una de esas vacaciones fabulosas ¿o tal vez fabuladas?, que solía contar él cada septiembre. Siendo sincera, había que reconocer que a Fernando le iba un poco el postureo.

Cuando volvió al trabajo, un lunes menos triste que los otros, sintiéndose Cousteau, cargada de historias y de fotos, aturdió a su compañera Elena, mientras esperaba que Fernando apareciera. Elena la escuchó con envidia al principio, después con los ojos fijos y desenfocados, organizando mentalmente la compra en Mercadona. A intervalos regulares asentía con alguna exclamación de salvaguardia. El pedido no debía ser muy largo, porque pronto estuvo de nuevo conectada. “Uy, ahora que me acuerdo, ¿a qué no sabes lo que le pasó a Fernando?, sí mujer, el experto en submarinismo”. El tonito de guasa lo hubiera captado hasta el traductor de google. “Por lo visto en la última inmersión se le perforó un tímpano y le dio un ataque de pánico o algo así; creo que lo tuvieron que sacar. Va por ahí comentando a todo el que le quiere oir que eso de bucear es cosa de insensatos y que, a partir de ahora se va a dedicar sólo al senderismo y al mus. Si es que al final, todos, pero es que todos hija, nos hacemos mayores”

Carmen sonrió, guardó con calma las fotos y comenzó a planear sus siguientes vacaciones.

humberto marea
Foto de HUMBERTO YBARRA

Pilar Rubio

Pilar Rubio Ha publicado 56 entradas.

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