Fernandito y el cuervo – por PEDRO PABLO MIRALLES #relato

Era un niño como los demás de ese pequeño pueblo, de estatura alta para su edad, algo rubio, muy delgado y de buen comportamiento tanto en familia como en la escuela. Cuando salía el sol, muy temprano, su padre se iba a trabajar al campo y no volvía hasta la tarde. Un par de horas después, su madre le preparaba el desayuno, una buena tostada bien rociada de aceite de oliva de una cooperativa próxima a Lebrija y un tazón de los grandes de colacao. Después, sin fallar un solo día, le acercaba a la escuela y lo recogía a las cinco de la tarde. Mientras fue un chaval, a Fernandito le vinieron dos ideas fijas a la cabeza que, con frecuencia, fueron haciéndose realidad.

En cuanto lograba ahorrar unas monedas, no lo podía resistir, se acercaba a la panadería Santa Margarita y compraba un trozo de ese bizcocho, el mejor del mundo según le habían asegurado desde pequeñito, porque nunca había oído hablar del que hacen las monjas Carmelitas del convento de Utrera y el tradicional de Betanzos en A Coruña, que también son los mejores del mundo. Pero no compraba cualquier ejemplar de ese manjar, sino el que consideraba que estaba mejor horneado, algo tostadito, se trataba de una elección muy exigente. Después siempre lo compartía con sus padres a la hora de la cena, el desayuno o la merienda y nunca se lo comían de una vez, les duraba dos o tres días cubierto con un paño de cocina bien limpio y planchado.

Y, además, le daba por viajar sin gasto alguno de forma muy sencilla. Disfrutaba al cruzar una y otra vez la avenida de Cádiz, cuya acera norte pertenece a la provincia de Sevilla y la sur a la de Cádiz. Aunque ceceaba de nacimiento, se empeñó sin gran éxito ni mayor fundamento en sesear cuando estaba en Cádiz. Por dentro pensaba con gran ilusión, “ale, primero de Cevilla pa’ Cáiz” y, en un momento, “ya estoy en Cáiz, ahora vuelvo pa’ Sevilla”. Hablaba consigo mismo, nadie le oía. El viaje no tenía mayor riesgo porque entonces el tráfico en esa avenida era más bien escaso, había varios pasos de cebra y algún que otro semáforo. Contaba los trayectos de forma muy precisa y metódica. Su objetivo, casi siempre cumplido, consistía en realizar cinco veces ida y vuelta o, lo que es igual, diez trayectos en total.

Hoy, bien cumplidos los treinta, Fernandito, así le sigue llamando todo el mundo en el pueblo, en su condición de modesto y eficaz comercial, los clientes de la comarca le llaman Don Fernando. Todavía mantiene esas dos costumbres que en su juventud llegaron a convertirse, en ocasiones, en auténtica obsesión nunca confesada, el delicioso bizcocho de Santa Margarita y los viajes ida y vuelta Cevilla-Cáiz-Sevilla sin salir de El Cuervo.

 

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Pedro Pablo Miralles

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