Feliz de huir

Harta de soportar todo lo que había a mi alrededor, decidí que era ya era hora. De empezar una nueva vida. Hora de tirar la toalla para recoger del suelo una más limpia. Hice acopio de mis dineritos, pocos pero suficientes para subsistir una temporada. Podría hacerlo, sí.  A la mañana siguiente, me planté en el despacho del honorable presidente de la empresa para la que trabajaba y presenté mi dimisión. Su cara de perplejidad reflejaba claramente que mi ausencia haría polvo sus planes de expansión.  Eso me hizo disfrutar mucho, muchísimo, de esta reunión de despedida sorpresa que le había organizado. Recogí mi mesa al tiempo que animaba a mis pobres compañeros, no recuperados del susto aún, a continuar trabajando siempre con una sonrisa y salí a la calle, feliz…

En casa ya había empaquetado las cosas necesarias y estaban todas en el maletero. No me hacían falta muchos chismes para la primera fase de mi plan. Rumbo a ese pueblecito de mar que conocía, canturreaba para mis adentros y la sonrisa no se iba de mi rostro. Unas horas después, estaba hablando con la gente del Ayuntamiento y empezaba a buscar casa para alquilar. Una de ellas, a borde mar, me encandiló. Las ventanas verdes, las paredes relucientemente blancas. No era muy grande, pero tenía dos habitaciones para mis invitados y un salón tan luminoso como acogedor. El alquiler era insignificante, mucho menor de lo previsto. Eso me daba margen para vaguear unos meses más. Organicé la mudanza de mis muebles y en tres días estaba perfectamente instalada. Ilusionada. Tranquila. Respiraba más acompasadamente.

Ese día, una semana después de mi llegada, comencé mi camino matutino por la playa. “Incierto futuro, pero tranquilo el espíritu.” me dije. Ya buscaría trabajo dentro de unos meses. Ahora iba a disfrutar, por mi honor iba a disfrutar. En dirección contraria, por esa playa tan invernalmente limpia, se aproximaba una silueta de hombre, acompañada de un perro que brincaba sin cesar. Cuando pude distinguirle la cara, mi corazón se paralizó. ¿Era él? ¡Era él! Veinte años sin verle. No podía ser. La misma cara burlona, el mismo aspecto protector. Dejar todo, abandonar los sueños de la ciudad, recluirse en un pueblo perdido junto al mar y darme de bruces con quien siempre había sido el hombre de mi vida. Precisamente él. Con quien tantas veces había soñado desde que nos separamos. Mi sonrisa fue ampliamente correspondida por la suya. La vida ciertamente era sinuosa, intrincada, sorpresiva. Caprichosa.

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Elena Silvela

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