Fausta – por PILAR RUBIO

Desde que su hermana Justa la había llevado al cine en Ponferrada, algo había cambiado en su vida, y para siempre.

Durante aquellos lejanos años en Madrid, le habían insistido en que lo del Caudillo jugando al escondite en la casa en que servía eran cosas de su imaginación. Como las voces que le contaban cosas de otros mundos. Cuando San Gabriel le anunció que venía el Anticristo se asustó de verdad y se lo fue a contar a Tía Teresa, la lista oficial de la familia.

 Teresa, la llevó con aire preocupado a una Clínica donde creyeron solucionar a Franco y a las voces con unas cuantas sesiones de “corrientes”. Y Fausta lo aprendió, y desde entonces fue muy prudente al hablar de sus amigos.

 Trató de encontrar novio, pero su lunar velludo, su hosquedad y las tachas ya mencionadas de cabeza la empujaron hacia la soledad. Al final se cansó de calentar banquillo en el baile las tardes de los jueves, esperando un caballero andante que se atreviese a sostenerle la mirada. Y volvió al Bierzo.

Cultivó tomates y geranios, arregló su casa de forma primorosa, con tapetes de ganchillo, un cuadro del Sagrado Corazón que la seguía con la mirada donde fuera, la foto de la boda de los padres, vestidos de negro, completamente serios, con mirada fatal, como tenía que ser.

Pero aquella frágil armonía hecha de tiempo, aparente soledad, cautela y paz, se había roto un mes atrás, cuando vio que no era la única en su especie. En la pantalla, una señora metida en su armadura oía también voces, empujaba un ejército al combate, echaba a un invasor de su país. Y después la hacían Santa. Corrientes, hoguera, tanto daba ¡Juana de Arco y ella eran iguales!.

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El Excelentísimo Sr. Primer Ministro, espera el momento de pronunciar el discurso de clausura de las Jornadas Europeas del Vino. Su mano blancuzca y arrugada reposa sobre el nudo de la elegante corbata mientras sonríe, con sonrisa impostada, aire de impaciencia. Tiene un plan, la tensión de la espera le incomoda. Es su turno de hablar, dice gracietas que nadie ríe y cosecha unos cuantos aplausos desvaídos. Al fin baja de la tribuna, sube en su coche oficial. Escoltado por decenas de personas, sale de Ponferrada en un suspiro.

 La comitiva al fin llega a su meta, una aldea casi abandonada. La mezcla de casas de la zona, sencillas y arruinadas, con chalets de fachada de terrazo, barandilla y ventanas en aluminio gris, le da un aire impersonal de fealdad. Al final de la aldea y la carretera, se paran los motores de los coches, en una fila disciplinada, obediente. El Primer Ministro desciende, quiere caminar sólo, y como siempre, le hace la señal al jefe de su escolta. De nuevo un castañar.

 Entre las sombras de los árboles de Noceduela de los que tanto le han hablado, aspira con ansia el olor, pisa las hojas, ve el sol filtrarse entre las ramas… se echa a llorar.” ¿no podría haber sido bombero o astronauta, lo que soñaba en la finca de su abuelo cuando paseaba entre castaños iguales a estos, antiguos, protectores? Tuvo que hacerle caso a su padre, banquero y ambicioso, llevar esta vida de prócer de oropel, teñirse el pelo, agazaparse tras unos dientes blancos”.

 Suficientemente lejos del despacho, desconocido, anónimo, pasea, llora, sueña, pero desde el convencimiento de que tarde o temprano hay que volver al coche.

 

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Cuando Fausta, al entrar en la iglesia vio avanzar aquella caravana por la calle central del pueblo, se fijó solamente en las banderas. Hacía mucho calor, una nube de polvo ensuciaba aquellos coches negros, la hacía toser.

 Algún tiempo después, al salir de la iglesia, encontró al pie del castañar a un viejo retintado y repeinado, que ordenaba algo a gritos en un idioma extranjero a un ejército de hombres con cables que les salían de las orejas. Ella lo vio muy claro. Se acercó con el aire más gárrulo que pudo y, sin dudarlo, hundió el cráneo del caudillo invasor con el brazo del enorme crucifijo de plata repujada, antigüedad del siglo XVII, que se llevaba para limpiar en casa.

 Pasado el caos, retirado el ministro en helicóptero, fue esposada entre miles de disparos de cámara de fotos. En todos los periódicos del mundo se pudo ver la sonrisa sabia, para dentro, la mirada serena de triunfo, el gesto entre humilde y orgulloso de los que han venido al mundo con una misión y se han sabido capaces de cumplirla. Sólo una frase dijo: “¿para cuándo la hoguera?”.

aldea

Pilar Rubio

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