Facebook, por RAFAEL DE LA TORRE #relatos

Fidela, nuestra asistenta desde hace diez años ya, dio a luz hace unos meses un bebé precioso. Para suplirla durante su baja maternal nos envió a su amiga Alicia, quien encontró a los quince días un trabajo mejor y, lógicamente, se fue.

La feliz madre acudió en nuestro auxilio de nuevo y nos mandó con su mejor voluntad a…, da igual su nombre, la llamaré, SIMPLEMENTE, Ladrona. Ladrona tenía buen aspecto, parecía culta, elegante y castigada. Nos contó mil historias que incrementaban su mérito: ejercía la abogacía por las tardes, su esposo había fallecido por una negligencia médica, su hijo estudiaba en la universidad…

Cuán pronto se descubren las mentiras. No importa la vía, pero rápido supimos que de la muerte de su marido, si hubo algún culpable, éste fue la afición a la botella y que el hijo no ha pisado jamás una facultad… Quién miente exige desconfianza pero erramos llevados por nuestras buenas intenciones y, en lugar de expulsarla de inmediato, supusimos que sólo procuraba maquillar su agujero vital con mil falacias inocentes y sentimos lástima de ella. Necios.

Llevaba Ladrona dos semanas cuando echamos de menos una gema brasileña de una pequeña colección de escaso valor. Como casi siempre sucede, la ausente era la más bonita de todas. A Ladrona le faltó tiempo para atribuir la desaparición a Alicia, su predecesora. Probablemente —sugirió inocente— se le rompió y no se atrevió a comentarlo. Nadie dudó de su argumento, ¿quién iba a sospechar de Ladrona, la presunta letrada que obtenía un sobresuelo limpiando nuestra casa?

Transcurrieron un par de meses más y un mal día saltó la alarma. Al ordenar un zapatero, unas manoletinas de charol del número que calza ella habían desaparecido. Ladrona no dudó, no buscó, directamente se ofendió y, tras cobrar lo correspondiente hasta aquel día, recogió sus cosas.

Por supuesto, no volvió. Ni ella, ni las manoletinas, ni cinco camisas —las más monas, qué coincidencia—, ni otras baratijas de diseño que hemos seguido echando en falta.

Temíamos ser jueces injustos, prevaricadores, acusadores sin pruebas impelidos por la rabia a una pobre desgraciada de robar en nuestro hogar. Para exculparla buscamos durante semanas por todas partes, por los recovecos escondidos, desde el cesto de la ropa sucia hasta la última maleta. Por los cajones, los altillos, los armarios y zapateros. En el trastero. Nada.

Hasta ayer, Al fin, nuestras pesquisas han sido recompensadas, nuestras dudas aclaradas, nuestros temores confirmados. Hemos hallado —algo es algo— los zapatos donde menos esperábamos: los viste la muy Ladrona es su foto de perfil de facebook.

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Rafael de la Torre

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