Este artilugio macabro, por PEDRO PABLO MIRALLES #escritos

 

Resulta que mi tatarabuelo Antonio Ros de Olano decidió allá por el año 1850, alquilar como vivienda una casa en la calle de las Torres nº 4, contigua a la parroquia de San José en la calle Alcalá de Madrid. Huyendo del ruido de los carruajes y viandantes de la calle, decidió poner su dormitorio en una habitación interior que daba a un patio-jardín de la parroquia y desde allí solo se oía el tañer de la campana de la torre de la iglesia. Con tan mala fortuna que un día se cambió la campana de la parroquia por otra nueva y la antigua se colocó “fuera de la torre, a unos cuarenta metros de mis orejas”, es decir, de las orejas del bueno de mi tatarabuelo Antonio, quien por pereza no planteó el problema a otros vecinos ni al señor párroco, pero dejó escrito sobre el sonido de la dichosa campana, entre otros extremos, lo que sigue: “sucédeme que al principio me irritaba, que luego más tarde y un día tras otro me fue dejando sordo, y que ahora le profeso un especial cariño”.

Desde pequeñito he huido del ruido y, como arrendatario, he tenido la suerte de habitar siempre viviendas tranquilas, sin ruido, apacibles. Pero resulta que en la que vivo desde hace más de veinte años, lo único que perturba mi tranquilidad buscada es, en los meses de verano, cuando hace acto de presencia el sonido ridículo, endeble y cursi de lo que creo es un reloj de pared de un vecino, que no solo toca las horas y las medias, sino también los cuartos y, lo que es más fastidiado, lo hace las veinticuatro horas del día. Lo mismo que a mi tatarabuelo, me da pereza plantear el problema a otros vecinos que seguro padecen también esos ¡¡¡tin-tin!!! y ¡¡¡pin-pin!!! tenaces, agudos y sobre todo, insisto, ridículos y cursis a más no poder, dignos de haber sido tratados por Francisco Silvela y Santiago Liniers en su obra “El arte de distinguir a los cursis”.

Pero en contra de lo que le pasó a Ros de Olano, sucédeme que desde el primer verano que pasé en esta vivienda y hasta el día de hoy, me irrita el sonido de las campanillitas del relojito del vecino, no me dejan sordo pero me hieren el oído y hasta el alma, no les profeso ni les profesaré jamás ningún cariño y las ideas que pasan por mi cabeza para terminar con el problema, buscando la eficacia a la que aspiro, no sería prudente revelarlas en esta hora. De momento a ver si hay suerte y al vecino del relojito y las campanillitas dichosas, le da por leer este texto en Las dos Castillas, se da por aludido y enmienda el mal que causa. Si el problema de esos ¡¡¡tin-tin!!! y ¡¡¡pin-pin!!! continúa, antes de adoptar las decisiones que no desvelo, puede que envíe este texto al vecino, pero por mensajero pues no quiero conocer al propietario de ese artilugio macabro.

 

CAMPAN~1
Fotografía de ELENA SILVELA

 

Pedro Pablo Miralles

Pedro Pablo Miralles Ha publicado 200 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.