¿Está muriéndose la democracia? – por IGNACIO ÁLVAREZ

El último libro de Michael Ignatieff es uno de esos ejemplares que hacen que cuando lo acabas cierres los ojos y pienses, con él en el regazo. Hablamos de Las virtudes cotidianas. El orden moral en un mundo dividido (Taurus, Madrid, 2018).

El libro es el resultado de un amplio estudio de campo que el autor realizó a lo largo y ancho del mundo, movido por saber si era verdad o mentira la conocida frase de Eleanor Roosevelt de que la auténtica vigencia de los derechos humanos se veía a diario, en nuestras vidas cotidianas, en el barrio, en casa, en la esquina.

El viaje que Ignatieff nos narra es bastante diferente. Para Ignatieff los seres humanos no compartimos ni un lenguaje del bien común ni una ética global. Lo que compartimos es un deseo común, formulado por la lengua local de cada cual, de orden moral; un marco de expectativas que nos permiten pensar que la vida goza de sentido. En cambio, Devin Stewart, el colega que le acompañó a la hora de hacer el estudio, sacaba conclusiones diferentes. A saber, que en todos los lugares fueron testigos de una búsqueda reconocible universal por definir, afirmar y defender la dignidad humana (aunque las formas fueran variadas y múltiples).

El libro ilustra varias ideas que son recurrentes en los debates políticos actuales. Parece evidente que hay un descontento con la globalización, descontento que hace que las personas se replieguen y defiendan su identidad (así lo corrobora el último trabajo de Manuel Castells, por citar un ejemplo). Parece evidente que ese descontento no empece a que reconozcamos, más que el bien común, la bondad universal, como dice el autor, “en toda su singularidad asombrosamente contextual” (p. 260). Al propio autor le resulta llamativo que ahora que la globalización pone en entredicho tantas fuentes de autoridad moral, los activistas internacionales de derechos humanos den la suya propia por sentada, como si fuera la única posible. Hay que evitar, viene a decirnos Michael Ignatieff, ese exceso de ombliguismo tan propio de la mentalidad occidental. El viaje le mostraba a las claras que esa posición de los promotores del universalismo moral era ampliamente criticada en todos los lugares que pisaron. De ahí que el autor argumente que la soberanía democrática y el universalismo de los derechos humanos van camino del enfrentamiento en todas partes (p. 262).

Por algo será, ¿no?

Al fin y al cabo, parece que la máxima de Sra. Roosevelt no se cumple: no es ya que los derechos humanos no sirvan como guía para enfrentarnos a los problemas cotidianos, es que es bastante improbable que lleguen a serlo, por la sencilla razón de que tenemos cosas más inmediatas de las que preocuparnos. Ignatieff vuelve a ser claro en este punto: nuestra vida moral es un ejercicio de selección en favor de las prioridades locales, no tanto de realizar sedicentes valores morales universales.

De todo ello se deduce lo que a juicio del politólogo y jurista es una verdad como un templo: la democracia liberal fomenta en mayor medida eso que llama las virtudes cotidianas, sistema que, al mismo tiempo, no consigue librarse del yugo de la oligarquía, la corrupción y la injusticia. Y si esto es cierto, la principal garantía del sistema será ni más ni menos que nuestra lucha constante, recurrente e interminable por vivir de acuerdo con dichas virtudes.

Ante todo esto, cabe hacerse algunas preguntas. ¿Está la democracia liberal muriendo? ¿Está mutando hacia formas desconocidas pero plausibles? ¿Está a punto de echarse en brazos de esas soluciones de las que huimos en el siglo XX? ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia dónde va el mundo?

En este ámbito, como en casi todos, tenemos una conversación pendiente.

 

Ignacio Álvarez

Ignacio Álvarez Ha publicado 10 entradas.

Profesor de Derecho Constitucional en Universidad Complutense de Madrid. Sus principales líneas de investigación se centran en la igualdad de género y no discriminación, el feminismo, la democracia paritaria, y la representación política. Intenta aprender todos los días algo, lo cual sus alumnos suelen agradecer mucho (y algunos de sus compañeros, también).

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