¿Está dando la Constitución sus últimos coletazos? – por IGNACIO ÁLVAREZ

Juan-Ramón Capella ha sacado nuevo libro a la calle. Se titula “Un fin del mundo. Constitución y democracia en el cambio de época” (Trotta, Madrid, 2019) y en él continua con las tesis que viene sosteniendo desde hace años y que podrían resumirse en una: la democracia que tenemos en España es una democracia de baja intensidad, una democracia tutelada, una democracia al fin y al cabo cuasi formal, donde los poderes reales han hecho y deshecho a su antojo.

El libro, estructurado en torno a píldoras conceptuales que se leen con facilidad y soltura puesto que están escritas con una claridad encomiable, realiza un amplio repaso a las principales cuestiones que nuestro autor observa altamente disfuncionales; primero expone las “notas en rojo sobre reforma constitucional”, donde discurre sobre los pormenores de una España federal; una moción de censura constructiva “abominable”; un Poder Judicial poco independiente; la siempre discutible –a su juicio- Jefatura del Estado; las lenguas; las “enajenaciones” de soberanía; o la para él necesaria “reforma constitucional desde abajo”.

Después aborda los hechos y las interpretaciones que conforman ese “fin del mundo”, sobre todo en su vertiente económica, repasando lo que vienen a ser los hitos que lo jalonan; desde el final de las políticas keynesianas hasta la globalización, pasando por el hundimiento de la Unión Soviética.

Finaliza el libro con las reflexiones dedicadas a las “Notas en negro sobre la democracia”, defendiendo diferentes formas de aproximarse al fenómeno que convergen en una nota común: a “esto” no se le puede llamar democracia (¡lo llaman democracia y no lo es!), a lo sumo “una plutocracia con libertades”. Así lo dice el propio autor: “¿Cómo llamar entonces al sistema de dominio realmente existente? Evidentemente, se trata de un régimen globalmente complejo, no democrático pero que contiene en su interior elementos incoativamente democráticos como el sistema de derechos y libertadas” (p. 121).

Cuando finalicé la lectura del libro, me dio la sensación de que la Constitución ya está amortizada. Que hagamos lo que hagamos es muy probable que ya no dé más de sí. Que quizá debamos darle la vuelta por completo al régimen del 78.

Pero luego me acordé de mis abuelos, especialmente de mi abuela y de mi abuelo.

Y eso porque, aunque no sabían lo que era una Constitución, ni tampoco les dejaron saberlo, consiguieron volver a ver a su pueblo convivir en paz. Ese régimen del 78 les ayudó a vivir el final de sus días en paz. Y les ayudó a morir en paz. Quizá no consiga explicar bien el motivo, la causa-efecto, pero sé que la Constitución tuvo que ver con esa sonrisa final.

Y luego me acordé de mis padres.

Y eso porque emplearon lo único que tenían, el esfuerzo y el sacrificio, por crear una sociedad mejor. Lo hicieron pensando que la mejor contribución que legaban no eran brillantes palabras ni promesas grandilocuentes sino un hijo y una hija bien educados. Por eso, y por más cosas, tenemos a una gran oncóloga entre nosotros (y a un voluntarioso profesor de universidad). A lo peor no soy capaz de explicar que la Constitución tuviera que ver con eso, pero sé que consiguió crear el marco para que pudieran hacerlo tan bien como lo hicieron.

Y luego me acordé de Jaime.

El último miembro de la familia es fruto del amor de dos personas que superan con creces las barreras de cualquier mentalidad clasista. Porque quizá no sepa explicar bien el motivo, pero sí sé que la Constitución trasciende clases y grupos. Jaime, con sus puñitos apretados, su mirada viva y la curiosidad innata del cangurito por descubrir el mundo que le rodea. Con su vida por delante y con la Constitución de 1978 como mapa del viaje. Bienvenido a esta nuestra jungla, León.

Y así, bisabuelas y bisabuelos, tíos y tías, primos y primas, madres y padres hoy abuelos, hijas e hijos, nietas, nietos y bisnietos, vamos viendo cómo muchas cosas cambian a nuestro alrededor y, a la vez, lo básico se mantiene: la voluntad de seguir viviendo en Constitución.

Ahora ya lo sé: la Constitución es una conquista de la civilización. No es fruto de un grupo. No es imposición de clase. Una Constitución de verdad es el mejor producto de una sociedad que decide seguir la senda de la civilización.

Y luego ya seguimos con todo lo demás.

Ignacio Álvarez

Ignacio Álvarez Ha publicado 10 entradas.

Profesor de Derecho Constitucional en Universidad Complutense de Madrid. Sus principales líneas de investigación se centran en la igualdad de género y no discriminación, el feminismo, la democracia paritaria, y la representación política. Intenta aprender todos los días algo, lo cual sus alumnos suelen agradecer mucho (y algunos de sus compañeros, también).

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