Esperando – por RAFAEL DE LA TORRE

— El 21 de diciembre de 1973 es la fecha en la que he estado más cerca de la Historia. Trabajaba de albañil y fui conducido junto con una cuadrilla de operarios a la calle Claudio Coello, al colegio de los Jesuitas, para reconstruir una cornisa. El día anterior la banda terrorista ETA había puesto punto y final al ascenso meteórico del almirante Carrero Blanco a las alturas del régimen, con un brinco que pudo tener consecuencias impredecibles. Usted es muy joven para acordarse. Yo era miembro del entonces ilegal PCE y en mi fuero interno, como en el de muchos españoles concienciados de la época y, estoy convencido, también en el de los servicios de inteligencia de Estados Unidos, agradecía a los terroristas el servicio que habían prestado a la democracia con aquel atentado. Comprendí más tarde que la intención de los etarras no era acabar con el régimen de Franco si no tocar las narices del ejército para que todo saltara por los aires como hizo el automóvil de su presunto sucesor, pero entonces era demasiado ingenuo para consideraciones tan profundas. La escena resultó dantesca y durante los dos o tres meses posteriores a la reparación me solía despertar sobresaltado con frecuencia.

— Asistió usted a los restos de una barbarie. La violencia impresiona.
— Mi sueño nada tenía que ver con la violencia, de hecho la evitaba: Dios, entonces no creía en él, decidía intervenir en el último momento y fulminaba con ingenio de un infarto al vicepresidente a la salida de su misa diaria, los escoltas salvaban la vida y se evitaba el sufrimiento producido por una muerte violenta en los allegados. Punto y final a la dictadura. Todos contentos.
— Ha pasado mucho tiempo desde entonces y tampoco veo nada que justifique su visita. Tal vez entonces, pero ahora…
— Sí, doctor. Escúcheme, le pago por escucharme.
— Me paga por ayudarle.
— Como prefiera, es casi lo mismo. Ya lo creía superado pero hace poco resucitó la pesadilla —el psicólogo tomaba notas—. Sospecho que fue al escuchar la sentencia de la Audiencia Nacional a alguien que había divulgado chistes, es un decir pues gracia no tenían, sobre el atentado. Las imágenes regresaron. El caso es que algo fallaba en el plan homicida, ignoro el qué, y el asesinato era aplazado sine die. No digo el de Carrero, eso ya pasó, si no otro. ¿Quién dice que no quisieron matar a Franco?
— Es posible —admitió el especialista, aunque poco probable.
— ¿Usted cree? Me pregunto si habrá sucedido algo similar y hay magnicidios frustrados cuando la víctima no acudió a su cita programada con la muerte —el paciente se soltó el botón superior de la camisa—. O sentencias pendientes de emitir por los juzgados porque nadie cometió el delito que deberían sancionar.
— Interesante reflexión. Sin falta no hay castigo.
— ¿Usted cree? Bueno, da igual. Temo que, quién sabe dónde, una carga siniestra espera su momento de gloria negra agazapada, que en algún pasadizo oculto aguanta paciente el paso de unos tipos con buena estrella que perdieron en su día el billete de ida al más allá. Puede ser una estupidez pero me quita el sueño. Ningún lugar me parece seguro. Ni éste.

Sonó una alarma y el paciente se estremeció asustado en el diván. Un reloj mandaba.

— Hemos acabado la sesión. Vuelva a su casa, acuéstese temprano y cuente ovejas para descansar. Le espero la próxima semana a la misma hora.

Rafael de la Torre

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