Escuadra y cartabón

“Cuando algo comienza (ay!, cuando algo comienza…): escuadra y cartabón. Cuando alguien llega a nuestras vidas, y creeemos que sabemos que está llegando y se aproxima alguien que puede dejar huella, e incluso aspiramos a que permanezca, hacemos todos los esfuerzos posibles por medir las distancias, los tiempos, las aproximaciones, los alejamientos. Somos incapaces de dejar nada  a la improvisación. Alejandro Simón Carpintero

Esto lo leía en 2009. Cinco años ya, y cinco años después lo releo, lo pienso y repienso y me he de seguir confesando igual de torpe en las relaciones de lo que lo hacía en 2009. Cinco años ya.

Me confieso torpe en las relaciones, muy torpe, porque contrariamente a lo que todo el mundo hace y donde todo está medido, planeado, cortado, estructurado y nada se deja a la improvisación… en mí esas máximas no aplican. Ya sea en relaciones amorosas, interesantes o amistades, yo no mido tiempos, no calculo las palabras, no espero el tiempo de rigor para enviar un mensaje, para contestarlo, escribir ahora un whatsapp (inexistente cinco años atrás), redactar un mail o siquiera enviar una postal desde cualquier rincón del mundo en el que me encuentro y en los que a veces comprar un simple sello o encontrar un buzón resulta más complejo que mandar una paloma mensajera. Y no lo hago sencillamente porque no sé jugar a ese juego.

Si me apetece escribir, escribo; si me apetece responder lo hago al segundo, no tardo ni un minuto, y lo hago porque no sé hacerlo de otra forma además de porque sé de lo que se sufre cuando no hay respuesta o cuando la respuesta recibida es lejana en el tiempo… Lo he dicho, soy torpe en las relaciones y así me va, rematando todo ello el miedo (más bien pánico) a las desapariciones que desde hace mucho tengo.

La vida nos va marcando (supongo) y a mí me ha marcado un miedo irracional a que la gente que me rodea desaparezca lo mismo que suele llegar esa gente a mi vida: de repente, sin yo enterarme y, lo que es peor, sin saber por qué.

Tal vez todos tengamos un poco esa sensación pero en mi caso y tras los años, al final las reacciones se suceden y, ante mí, parece que sólo hay dos opciones posibles: 1) el odio injustificado sin conocerme o 2) el interés desmedido y fascinación exagerada. Cuando se opta por la primera ya no hay remedio, así se quedan para los restos, en cambio la segunda opción al final se desdobla y una vez que el ser interesado y fascinado logra aproximarse, una vez que el fan deja de serlo y se ve a la par que el ídolo, es como si el juego cambiase, los papeles rotasen y el fan pasa a ídolo y el ídolo (ya caído) ha de ser fan.

La verdad que no sé por qué estoy escribiendo todo esto, ni por qué aquí, supongo que simplemente es que han pasado ya cinco años y cinco años después, miles de mensajes escritos, cientos de correos electrónicos redactados y unas cuantas postales enviadas, vuelvo a tener la sensación de estar viviendo una etapa demasiado larga en la que me siento o hacen sentir fuego artificial, simple cacho de carne, “ese hombre” o, como cantaba la mujer que ha sido fagocitada por Mario Vaquerizo (aka Alaska), “como el interior de una nave espacial abandonada”: brillo por fuera, por dentro nada.

Escribo esto sin saber muy bien el porqué ni por qué aquí pero sí lo hago con la plena convicción de ser el tocapelotas que sigue dando patadas a la esfera sin enterarse que han pitado falta y toca sacar de nuevo o lo que es peor, que el partido ha terminado y lo que toca es irse a las duchas… Lo sé lo mismo que sé que el mundo gira en otro sentido y que al final la gente actúa de otra forma; lo mismo que sé que todo eso es cierto y más que cierto es una gran verdad del universo o verdad universal pero, al final, en mí, esas máximas no aplican porque no soy persona de a Rey muerto, Rey puesto, de clavos que quitan otros clavos, ni manchas de moras que quitan otras… soy una persona rara, sí, una persona a la que aunque parezca lo contrario le cuesta abrirse o más bien entregarse a otros, una persona que casi nunca echa de menos… pero soy una persona a la que si se le llega al corazón y ese corazón le hace un hueco, ese hueco (grande o pequeño) queda ahí para siempre y por eso el miedo a las desapariciones, el miedo a que la gente se vaya de la misma forma que ha llegado (de repente), porque cuando se van el hueco en mi corazón ahí se queda y me veo obligado a cerrarlo, clausurarlo, arrancarlo y al arrancarlo es un trozo más de corazón que pierdo, una parte más de mí que tengo que suicidar… por eso y por aquello que dicen de que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver” yo a Comala y Macondo decidí hace mucho que no iba a regresar. Soy así, miedica, y ese miedo me puede.

En fin, quizás todo sea que en esto de las relaciones, las amistades, los roles sociales… hay más de una teoría, más de una posibilidad pero todas, al fin y al cabo, estén ya medidas y respondan a patrones trazados a golpe de escuadra y cartabón, los mismos que pese al empeño de mi padre y profesores de dibujo yo nunca he sido capaz de usar correctamente. Quizás por eso mis líneas nunca son paralelas del todo, siempre tienden a unirse y yo, raro, no sea más que un E.T. que trata de volver a casa volando en bicicleta mientras estallan fuegos artificiales condenados a apagarse como luciérnagas acabado el verano mientras el resto repite como parvulito obediente aquello de que Cuando algo comienza (ay!, cuando algo comienza…): escuadra y cartabón.”

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Emilio Pardo

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