Era ya de madrugada.

ldc48Era ya de madrugada. No se oía ruido alguno en casa. Había arrugado varios folios. La papelera estaba llena a media altura de bolas de papel. Era un motivo ornamental recurrente en mi despacho. La vida humana cae en pequeñas trampas mortales. Como la de hacer de lo rutinario una normalidad de existencia. Mi papelera de bolas blancas con mis manuscritos, repletos de dudas e insatisfacciones que desdeñaba, era una de ellas.

Me acordé de tu voz. Limpia, penetrante, bella para los oídos. La que me hablaba siempre con tanto amor. La que siempre era testigo y referente de mis miedos, de mis penas. “Busca la última esencia. La más profunda. La que no se ve. Busca más allá. No te quedes aquí. Aquí no hay nada. Todo se encuentra allá, donde los segundos no importan.”

Cogí de nuevo la pluma. Miré mi mano con nuevos ojos. Coloqué los folios, siempre escrupulosamente alineados, en diagonal. Empecé un texto. 

Si alcanzara a ver que con cada palabra escrita dibujo un pedazo de arte para la eternidad, pondría más empeño. Si tomara conciencia de ello, aplicaría toda mi alma en la tarea. Si fuera consciente de la importancia de mi escritura, me sentaría en el despacho con ceremonia y extremo respeto. Pondría adjetivos de eternidad;  “inmaculado” en lugar de “blanco” y “fastuoso” en lugar de “grande”. Cogería la pluma con gesto de veneración. Escribiría sobre el papel con suavidad, lentitud, saboreando cada trazo. Cuidaría los folios con primor, conservándolos en una carpeta limpia. Amorosa. Cuidada. Sacralizaría el proceso de redacción, hasta las tachaduras. Las inflexiones, las correcciones. Releería lo escrito con ojos de amor, con espíritu de permanencia, con afán de perpetuidad, con el deseo profundo de servir a mi generación y a las venideras. 

Con ambas manos alcé el papel al terminar el párrafo, para leerlo a la altura de los ojos. Con ceremonia lo metí en el último cajón del despacho, en la carpeta central. La de las cosas importantes. Donde se hallaban mis últimas voluntades, los documentos notariales y las fotos esas que uno selecciona de sus muertos para que le acompañen el resto de la vida.

Elena Silvela

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