Envenenamiento – por ELENA SILVELA

En aquella época descubrió que uno podía envenenarse incluso con preocupación. Que por las venas corría no sólo sangre, también ansia por el futuro, desesperanza por falta de luz. Buscaba a ciegas un torbellino cálido. Palpaba para ello las paredes rugosas de su anodina estela. Muchas veces lo hizo. Una mota brillante le hubiera bastado. Para agarrarse al positivismo. Ése sobre el que sobrevienen otras cosas buenas. Una corriente de amor, por leve que fuera, hubiera sido suficiente para aferrarse al leño en ascuas.
El deseo fugaz de hacer el bien y dejar de proyectar el mal se le aparecía en fugaces recuerdos de tiempos mejores. La senda en la que el mundo se endereza y una mirada hacia otro lado se convierte en una sonrisa. Soñó mucho esos días. Tuvo fiebre. Luchó encarnizadamente con los demonios que reinan en el feudo de la pesadumbre. Desechó toda tentación, se puso en pie y resolvió abrazar. Abrazar todo lo que estuviera por demás de su persona. Todo añadido más allá de su imprescindible mochila vital. Cual si fuera Quijote. Empaquetó las desdichas y premoniciones y se vistió de color. Paseó por su calle y descubrió las flores en los balcones, el sol intenso, el azul del cielo. Supo que, a partir de ese momento, el mundo en que vivía era más amable, más suyo, más hogar. 

 

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Foto de ELENA SILVELA. Ipad. Instagram

 

Elena Silvela

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