Entró en casa

Vive innata en el hombre la tendencia a acostumbrarse a lo malo. Hacer de una situación incómoda un evento cotidiano. Olvidar lo que se siente con una vida prolija. Es una defensa de nivel básico. Nivel principiante. También forma parte intrínseca del hombre no perder la esperanza. Por muy mal que se presente el horizonte.

Abrió la puerta y entró en casa. Doña Soledad salió a recibirle. Con una leve inclinación simuló que alguien le saludaba. La entrada estaba igual de solitaria y fresca que siempre. Encendió la luz y se encaminó directamente al dormitorio. No pasó por la cocina. Las penas sumían el hambre en un estado plano de inmutabilidad. No había ansias de nada. Quizá sí. Ansias de caer en un profundo sueño.

De hecho, se alimentaba durante la noche de una pócima de amor propio para así sobrevivir al día siguiente. Lavaba sus canas con pulverizaciones de aromas de condescendencia, como si con ello pudiera escurrir por el sumidero el acervo de mezquindades que el día había dejado a su paso. Su ritual nocturno era siempre igual. Tenía algo de sagrado y algo de necesario. Un momento de paz, consigo mismo. Jamás se saltaba ninguno de los pasos. Colocar la ropa, lavar la cara, cepillar los dientes, peinar, abrir el embozo de la cama con una curva perfecta y sin arrugas; poner el vaso de agua en la mesilla, abrir una rendija la ventana, bajar la persiana hasta dejar una cuarta al descubierto. Caía sobre la cama, derrotado, exhausto. Quería rezar, pero hacía mucho tiempo que había olvidado cualquier oración. Cualquier plegaria. Musitaba a cambio dos palabras. “Por favor…”

Pensaba a menudo en un golpe de suerte. En la fortuna. En un futuro mejor. En que un día despertaría y nada de la miseria anterior estaría más en su vida. Le habían contado en una ocasión que la mejor manera de atraer algo era pensarlo con convicción. Una sola vez. Se dijo que nunca le llegaría tal momento de ventura, pues pensaba en ello una noche tras otra. Posó su pensamiento entonces en ella. El amor de su vida. Repasó los recuerdos de su cara dulce, los rizos dorados cayendo con anarquía sobre sus hombros. La sonrisa y las arrugas en la comisura. Su mirada profunda y cristalina. Era una buena forma de dormirse en paz… Pensar en ella. Recrear un lugar en el que ella volvía a su vida. Fue durante el abrazo de ambos donde concilió el sueño.

2013-09-08 18.47.37

Elena Silvela

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